Ricos, pobres, infelices…


Por Roberto Bissio




Ética y psicología de la desigualdad.

La distancia entre ricos y pobres se acorta en América del Sur y se agranda en Estados Unidos. Un estudio que acaba de publicar el think tank independiente Economic Policy Institute, con sede en Washington, muestra que el uno por ciento más rico de los estadounidenses pasó de poseer 34.6 por ciento de la riqueza antes de la crisis financiera de 2008 a 35.6 por ciento en la actualidad, “la cifra más alta jamás registrada desde que se llevan estadísticas”.

Mientras tanto en Buenos Aires, el Instituto de Estadística y Censos anunció el martes 28 de junio que la diferencia entre el ingreso de los argentinos más ricos y más pobres había bajado un punto porcentual desde el año pasado, colocando en el ranking a Argentina como menos desigual que Estados Unidos.

La Asignación Universal por Hijo es el principal factor que levantó los ingresos de los más pobres en Argentina, mientras que la reactivación económica explica el incremento general en los ingresos de los trabajadores, con mejores salarios y menor desempleo. En Estados Unidos, en cambio, la recuperación económica se ha concentrado en sectores que no generan empleo, la desocupación no ha caído y los ricos se han visto favorecidos con exoneraciones impositivas mientras se cortan los servicios sociales para balancear el presupuesto.

La tendencia a reducir la desigualdad no es una exclusividad argentina: “Brasil sacó a treinta millones de personas de la pobreza, Chile creó hogares estatales de cuidado de niños para las mujeres trabajadoras, Uruguay habilita el acceso a Internet para los estudiantes primarios y secundarios, y en la Argentina está la Asignación Universal por Hijo y el programa de protección a las mujeres embarazadas”, explicó en entrevista con el diario Página 12 el economista Bernardo Kliksberg, coautor junto con el premio Nobel Amartya Sen del libro Primero la Gente.

“La ortodoxia económica ha sido derrotada intelectualmente. El fundamentalismo cayó en Wall Street. La ortodoxia es sinónimo de mala economía; donde se implanta, destruye. Destruye en el corto plazo y en el mediano, y concentra la economía en pocos beneficiarios”, explica Kliksberg, quien investiga sobre pobreza y desigualdad para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Pero estas políticas se siguen aplicando porque “los que se benefician buscan coartadas para mantener esas ideas”.

En América del Sur, mientras tanto, la heterodoxia económica se consolida gracias a sus resultados positivos y el apoyo electoral de las mayorías que se van beneficiando, pese a los “escándalos éticos” que persisten en el continente. El gran escándalo del continente, a juicio de Kliksber, es la desnutrición del 16 por ciento de sus niños, cuando la producción de alimentos da para abastecer a una población tres veces mayor que la sudamericana.

Mientras tanto, en Estados Unidos, el problema de la desigualdad ha dejado de ser un tema exclusivo de economistas y sociólogos e interesa ahora también a los psicólogos. Un estudio que se publicará en el próximo número de la prestigiosa revista académica Psychological Science analiza cuatro décadas de estadísticas económicas y psicológicas y concluye que “la gente parece estar más feliz cuando hay más igualdad”.

En los últimos cuarenta años el ingreso promedio de los estadounidenses se ha duplicado y, sin embargo, las respuestas a la pregunta de si uno se siente feliz o no indican que la gente se sentía mejor en los años setenta. Los estudios sobre la sensación subjetiva de felicidad se están popularizando en los medios académicos, pero éste es el primero de su tipo que recoge datos para un mismo país a lo largo de cuarenta años y, por lo tanto, elimina factores culturales y diferencias importantes para la sensación de bienestar como la temperatura o la cantidad de sol.

Los investigadores Shigehiro Oishi, Selin Kesebir y Ed Diener, de las universidades de Virgina e Illinois, concluyen sin lugar a duda que “los estadounidenses están más felices cuando la riqueza nacional está mejor distribuida y menos cuando la distribución es desigual”, aunque la riqueza total haya crecido.

A pesar de la filosofía individualista proclamada por Estados Unidos, para sus ciudadanos el vínculo entre la desigualdad social y la felicidad personal estaría dado por los sentimientos de confianza y de justicia, indispensables para el bienestar. En los últimos años, junto con el aumento de la desigualdad, los estadounidenses se han vuelto menos confiados y “perciben al mundo como injusto, ya que sólo los ricos se enriquecen”. Para el veinte por ciento con mayores ingresos, en cambio, este vínculo no existe, no sienten que la injusticia haya aumentado ni están más infelices en épocas de más desigualdad.

¿No será que la gente más pobre está infeliz porque gana menos? Los investigadores testaron esta hipótesis y concluyeron que no. En años en que han tenido ingresos mayores, la gente se siente menos feliz, menos confiada y tratada injustamente si la desigualdad ha aumentado.

Vale pues que el dinero no hace la felicidad… pero la equidad sí.

Comentarios

Entradas populares