miércoles, 2 de noviembre de 2016

"La Gran Recesión en realidad no ha terminado". Entrevista




El FMI predice la vulnerabilidad de los bancos en los Estados Unidos y la Unión Europea al tiempo que permite el apalancamiento de la deuda insostenible, dice el economista Michael Hudson. Le entrevistó Kim Brown

KIM BROWN: Con lo peor de la gran recesión supuestamente superado, los analistas económicos siguen viendo signos de que no estamos todavía completamente fuera de peligro. Un nuevo informe publicado el miércoles por el Fondo Monetario Internacional muestra que algunos bancos de Estados Unidos y Europa quizás no sean lo suficientemente fuertes para sobrevivir a otro revés, incluso con ayuda estatal.
Se une a nosotros desde Nueva York Michael Hudson. Michael es Profesor e Investigador de Economía de la Universidad de Missouri, Kansas City. Su último libro es Matar al Anfitrión: Cómo los parásitos financieros y la servidumbre de la deuda destruye la economía global ( Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Bondage Destroy the Global Economy). Michael, gracias de nuevo por estar con nosotros.

MICHAEL HUDSON: Me alegró de estar contigo. Pero el peligro no ha pasado.

BROWN: Está bien, entremos en ello. El informe del FMI sobre la estabilidad financiera dice que a pesar de que los bancos sean más fuertes ahora que antes de la crisis económica de 2007-2008, aproximadamente el veinticinco por ciento de los bancos de Estados Unidos y alrededor de un tercio de los bancos europeos son demasiado débiles, incluso para beneficiarse de un aumento potencial de las tasas de interés y de cualquier ayuda para la recuperación, si la economía mundial tomara un giro hacia abajo. Pero antes de entrar en cuestiones específicas acerca de la salud de los bancos, Michael, ¿actualmente  estamos todavía en una recesión o estamos firmemente en una recuperación?
HUDSON: No estamos en una recuperación y no estamos realmente en una recesión tradicional. La gente piensa en un ciclo económico, que es un auge seguido de una recesión y luego los estabilizadores automáticos reactivan la economía. Pero esta vez no la podemos reactivar. La razón es que cada recuperación desde 1945 se ha iniciado con un nivel de deuda cada vez mayor. La deuda es tan alta ahora, que desde 2008 hemos estado en lo que yo llamo la deflación de la deuda. La gente tiene que pagar tanto dinero a los bancos que no tienen suficiente dinero para comprar los bienes y servicios que producen. Así que no hay demasiada inversión nueva, no hay nuevos puestos de trabajo (excepto los empleos de « servicios » de salario mínimo) los mercados se están reduciendo y la gente no puede pagar sus deudas. Así que muchas empresas no pueden pagar a sus bancos.El producto de los bancos es la deuda. Tratan de decir a los clientes que "las deudas son buenas para usted", pero los clientes no pueden permitirse más deuda, así que no hay forma de que los bancos puedan continuar con su plan de negocios corriente. De hecho, no hay manera de que los bancos puedan cobrar todo lo que se les debe. Eso es lo que el FMI no  sigue a través de su análisis diciendo: "Mira, los bancos están en la ruina porque el sistema financiero está en quiebra; y el sistema financiero está en quiebra porque la idea de intentar enriquecerse mediante el endeudamiento no funciona ".Era un modelo falso. Así que, en realidad, estamos al final de un ciclo largo que se inició en 1945 alimentando a la economía con la deuda. No podremos salirnos de ello hasta que eliminemos las deudas. Pero eso es impensable para el FMI. No puede decir eso, porque se supone que representa  los intereses de los bancos. Así pues, todo lo que el FMI puede hacer es retorcerse las manos por el hecho de que los bancos no van a ganar dinero, incluso si hay una recuperación.Pero en realidad no hay una recuperación y no hay indicios de ella en el horizonte, porqué la gente tiene que pagar a los bancos. Es un círculo vicioso –o mas bien, una espiral descendente. Básicamente, los economistas del FMI se limitan a alzar los brazos admitiendo que no saben qué hacer, dados los límites de su visión restringida.
BROWN: Bueno, Michael, ayúdanos a entender por qué el crecimiento ha sido tan débil durante estos últimos ocho o seis años más o menos.
HUDSON: Si se toma el presupuesto medio familiar - lo he dicho muchas veces en tu programa - podemos ir a los números. Si tienes que pagar del cuarenta al cuarenta y tres por ciento de tus ingresos para la vivienda ; además, el quince por ciento de tu sueldo es retenido por la Seguridad Social ; tienes que pagar la atención médica ; tienes que pagar a los bancos tu deuda de la tarjeta de crédito ; préstamos estudiantiles. Después de esto te queda sólo un veinticinco o un treintaicinco por ciento, tal vez una tercera parte de tu salario para comprar bienes y servicios. Eso es todo.El problema es que la manera de conseguir un trabajo es con una empresa que vende bienes y servicios. Las empresas no contratan porque los consumidores no tienen suficiente dinero para comprar los bienes y servicios.Estamos en una deuda-deflación crónica. No hay manera de recuperarse a menos que se perdonen las deudas. Eso es básicamente lo que el FMI está dando a entender (de forma explicita en el caso de Grecia), pero no lo dice claramente porque eso no se puede decir, porque no se considera correcto.
BROWN: Michael, el titular de MarketWatch sobre este informe del FMI dice: “Olvidaros del ‘demasiado grande’ para caer. La gran preocupación son unos bancos demasiado débiles para sobrevivir”.  Si los grandes bancos casi tumbaron el sistema financiero mundial ¿por qué unos bancos más débiles serian mejor para los consumidores?

HUDSON: Se trata de bancos especializados que hacen lo que los bancos solían hacer (antes de que el presidente Clinton suprimiera la ley Glass-Steagall en 1999). Los bancos pequeños que prestan a los consumidores están bien. La mayoría de los bancos - con el Deutsche Bank en la cumbre del espectro aquí - han decidido que no pueden continuar haciendo préstamos dinerarios, así que van al segundo plan de negocio: prestan dinero a los capitalistas de casino. Es decir, a gente que quiere jugar con derivados.Un derivado es una apuesta sobre si una acción o un bono o un activo inmobiliario va a subir o a bajar. Hay un ganador y un perdedor. Es como una apuesta hípica. Ocurre que el mayor banco que ha prestado para este juego - no para la producción real, no para la inversión, únicamente para especular- ha sido el Deutsche Bank. Los prestatarios tomaron prestado del Deutsche Bank para jugar.¿Cuál es la mejor apuesta del mundo en este momento? Es apostar a que las acciones del  Deutsche Bank van a bajar. Los vendedores al descubierto han tomado prestado de sus bancos para apostar a que las acciones del Deutsche Bank van a bajar. Ahora se retuercen las manos diciendo: "¡Oh! los especuladores nos están matando". Pero es el Deutsche Bank y los demás bancos quienes están proporcionando el dinero a los especuladores para apostar con crédito.
BROWN: Michael, el informe del FMI dice que si, en la zona euro, los gobiernos pudieran ayudar a los bancos a deshacerse de sus préstamos malos, ello tendría un efecto positivo sobre el capital bancario. ¿Cuál sería el efecto sobre los consumidores de la economía de la UE, en general, si los bancos pudieran simplemente deshacerse de estos malos préstamos?
HUDSON: En realidad son simples matemáticas. Hay que abolir los planes de pensiones. Hay  que suprimir el gasto social. Hay que subir los impuestos. Hay que hacer que por lo menos el cincuenta por ciento de la población europea emigre, ya sea a Rusia o a China. Debería haber hambre masiva. Muy simple. Ese es el precio que la zona euro piensa que vale la pena pagar. Es el precio que pensó que valía la pena que Grecia pagara. Para salvar a los bancos, toda la zona euro debería volverse como Grecia.Hay que hacer que los gobiernos vendan la totalidad de sus propiedades públicas; vendan sus ferrocarriles, vendan su territorio público. En esencia hay que introducir el neo-feudalismo. Hay que retrasar el reloj de la historia miles de años atrás y reducir la población europea a la esclavitud de la deuda. Es una solución tan fácil como la que la Eurozona ha impuesto a Grecia. Y los líderes y los bancos urgen a los economistas responsables a que promuevan esta solución para la población en general.
BROWN: Hablemos de la otra pequeña parte de información dada a conocer por el FMI sobre la deuda. La deuda global ha llegado actualmente a cerca de ciento cincuenta y dos billones de dólares. Esto incluye la deuda pública, la deuda familiar, la deuda de las empresas no financieras. ¿Qué significa todo esto para la deuda del sistema financiero global y para la gente común, Michael?
HUDSON: Significa que la única manera en que la gente puede pagar la deuda es reduciendo drásticamente su nivel de vida. Esto significa que acepten convertir sus planes de pensiones de prestación definida (usted sabe lo que va a recibir) en "planes de aportación definida", en los que Ud. pone el dinero, pero no se sabe lo que tendrá al final.Para salvar a los bancos de las pérdidas que acabarían con su valor neto hay que deshacerse de la Seguridad Social. Esto significa en esencia que hay que abolir el gobierno y dar su gestión al sistema bancario para que lo ejerza, con la idea de que el papel de los gobiernos es extraer ingresos de la economía para pagar a los tenedores de bonos y a los bancos.Cuando se dice “pagar a los bancos” lo que realmente se quiere decir es pagar a los tenedores de acciones bancarias. Estos son, básicamente, el Uno por Ciento. Lo que se ve directamente en el informe del FMI, en este crecimiento de la deuda, es que el Uno por Ciento de la población posee unas tres cuartas partes de toda esta deuda. Esto significa que hay que elegir: o bien salvas la economía, o bien salvas al Uno por Ciento de la pérdida de un solo centavo.Todos los gobiernos, desde la administración de Obama hasta Angela Merkel, la zona euro y el FMI se comprometieron a salvar a los bancos, no a la economía. Ningún precio es demasiado alto para intentar que el sistema financiero continúe funcionando algo más de tiempo. Pero finalmente no se puede salvarlo debido a que es una cuestión de matemáticas. Las deudas crecen y crecen. Y cuanto más crecen más se contrae la economía. Al reducir la economía, se reduce la capacidad de pagar las deudas, por lo que es una ilusión creer que el sistema puede ser salvado. La cuestión es ¿durante cuánto tiempo la gente va a estar dispuesta a vivir en esta ilusión?
BROWN: Esa era mi siguiente pregunta. No sólo cuanto tiempo la gente va a estar dispuesta a vivir en esta ilusión sino ¿cuánto tiempo podrá sostenerse aun esta ilusión antes de que veamos otro colapso de las economías en todo el mundo? ¿Es algo inminente, algo que simplemente deberíamos estar esperando que ocurra, para lo cual deberíamos prepararnos?
HUDSON: Todavía estamos en el colapso que comenzó después de 2008. No hay un nuevo colapso, no ha habido una recuperación. Los salarios del noventa y nueve por ciento han disminuido de manera constante desde el año 2008. Han disminuido especialmente para el veinticinco por ciento inferior de la población. Esto significa que han bajado especialmente para los negros y los hispanos y demás trabajadores de cuello azul. Su valor neto de hecho ha pasado a ser negativo y no tienen  suficiente dinero para salir adelante.De hecho, una de las grandes empresas de consultoría acaba de hacer un estudio de la “generación del milenio”. Ernst and Young hizo un estudio y resultó que el setenta y ocho por ciento de estos jóvenes están preocupados por no tener suficientes oportunidades de encontrar un trabajo bien pagado para poder devolver los préstamos estudiantiles. Un setenta y cuatro por ciento no puede pagar los servicios sanitarios si enferman. Un setenta y nueve por ciento no tiene suficiente dinero para vivir cuando se retiren. Así que, tenemos ya a  toda una generación, no sólo aquí sino también en Europa, que no consigue obtener empleos bien remunerados. La única manera de que puedan vivir tal como se les prometió es tener padres lo suficientemente ricos para procurarles un fondo fiduciario.
BROWN: Hemos estado hablando con Michael Hudson. Michael es un Profesor e Investigador de Economía de la Universidad de Missouri, Kansas City. Su último libro es Matar al Anfitrión: Cómo los parásitos financieros y la servidumbre por la deuda destruye la economía global. Michael, dijiste que tenías otro libro a punto de salir ¿es cierto ?
 HUDSON: Sí, a finales de este mes. Tendrá por título J is for Junk Economics. Es una revisión de por qué los economistas prometen que de alguna manera vamos a recuperarnos. Por qué esto es básicamente basura, y por qué hoy día, para ser economista debes participar en este cuento que de alguna manera podemos recuperarnos y seguir enriqueciendo a los bancos. Es un cuento. J is for Junk Economics  trata de por qué no va a funcionar.




Michael Hudson es profesor de investigación de la facultad de económicas de la Universidad de Missouri, Kansas City e investigador asociado del Instituto de Economía Levy. Su último libro es Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Destroy the Global Economy. (“Matar al huésped: o cómo los parásitos financieros y la deuda destruyen la economía mundial”) que está publicado en formato digital por CounterPunch Books y en papel por Islet.


FUENTE: Sin Permiso
Traducción: Anna Maria Garriga Tarré


lunes, 24 de octubre de 2016

Las diez claves que explican el nuevo Sistema Mundial


Ignacio Ramonet*


¿Cómo es el Nuevo Sistema Mundo? ¿Cuáles son sus principales características? ¿Qué dinámicas están determinando el funcionamiento real de nuestro planeta? ¿Qué características dominarán en los próximos 15 años, de aquí a 2030?

Para tratar de describir este Nuevo Sistema Mundo y prever su futuro inmediato, vamos a utilizar la brújula de la geopolítica, una disciplina que nos permite comprender el juego general de las potencias y evaluar los principales riesgos y peligros. Para anticipar, como en un tablero de ajedrez, los movimientos de cada potencial adversario. ¿Qué nos dice esa brújula?


EL DECLIVE DE OCCIDENTE
La principal constatación es: el declive de Occidente. Por vez primera desde el siglo XV, los países occidentales están perdiendo poderío frente a la subida de las nuevas potencias emergentes. Empieza la fase final de un ciclo de cinco siglos de dominación occidental del mundo. El liderazgo internacional de Estados Unidos se ve amenazado hoy por el surgimiento de nuevos polos de poderío (China, Rusia, India) a escala internacional. El "desclasamiento estratégico" de Estados Unidos ha empezado. El "siglo americano" parece llegar a su final, a la vez que va desvaneciéndose el "sueño europeo"...

Aunque Estados Unidos sigue siendo una de las principales potencias planetarias, está perdiendo su hegemonía económica en favor de China. Y ya no ejercerá su ‘hegemonía militar solitaria’ como lo hizo desde el fin de la guerra fría (1989). Vamos hacia un mundo multipolar en el que los nuevos actores (China, Rusia, India) tienen vocación a constituir sólidos polos regionales y a disputarle la supremacía internacional a Washington y a sus aliados históricos (Reino Unido, Francia, Alemania, Japón).

En tercera línea aparecen ahora una serie de potencias intermediarias, con demografías en alza y fuertes tasas de crecimiento económico, llamadas a convertirse también en polos hegemónicos regionales y con tendencia a transformarse, de aquí a 15 años, en un grupo de influencia planetaria (Indonesia, Brasil, Vietnam, Turquía, Nigeria, Etiopía).

Para tener una idea de la importancia y de la rapidez del desclasamiento occidental que se avecina, baste con señalar estas dos cifras: la parte de los países occidentales en la economía mundial va a pasar del 56% hoy, a un 25% en 2030... O sea que, en menos de quince años, Occidente perderá más de la mitad de su preponderancia económica... Una de las principales consecuencias de esto es que EE UU y sus aliados ya no tendrán los medios financieros para asumir el rol de gendarmes del mundo... De tal modo que este cambio estructural podría lograr debilitar durablemente a Occidente.

IMPARABLE EMERGENCIA DE CHINA
El mundo pues se "desoccidentaliza" y es cada vez más multipolar. Destaca, una vez más, el rol de China que emerge, en principio, como la gran potencia en ciernes del siglo XXI. Aunque China se halla lejos aún de representar un auténtico rival para Washington. Por una parte, la estabilidad del Imperio del Medio no está garantizada porque coexisten en su seno el capitalismo más salvaje y el comunismo más autoritario. La tensión entre esas dos dinámicas causará, tarde o temprano, una quebradura que podría debilitar su potencia.


De todos modos, hoy por hoy, en 2016, los Estados Unidos siguen ejerciendo una indiscutible dominación hegemónica sobre el planeta. Tanto en el dominio militar (fundamental) como en varios otros sectores cada vez más determinantes: en particular, el tecnológico (Internet) y el soft power (cultura de masas). Lo cual no significa que China no haya realizado prodigiosos avances en los últimos treinta años. Nunca en la historia, ningún país creció tanto en tan poco tiempo.

Por el momento, mientras declina el poderío de Estados Unidos, el ascenso de China es imparable. Ya es la segunda potencia económica del mundo (delante de Japón y Alemania).
Para Washington, Asia es ahora la zona prioritaria desde que el presidente Obama decidió la reorientación estratégica de su política exterior. Estados Unidos trata de frenar allí la expansión de China cercándola con bases militares y apoyándose en sus socios locales tradicionales: Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas. Es significativo que el primer viaje de Barack Obama, después de su reelección en 2012, haya sido a Birmania, Cambodia y Tailandia, tres Estados de la Asociación de naciones de Asia del Sureste (ASEAN), una organización que reúne a los aliados de Washington en la región, la mayoría de cuyos miembros tienen problemas de límites marítimos con Pekín.
Los mares de China se han convertido en las zonas de mayor potencial de conflicto armado del área Asia-Pacífico. Las tensiones de Pekín con Tokyo, a propósito de la soberanía de las islas Senkaku (Diaoyú para los chinos). Y también la disputa con Vietnam y Filipinas sobre la propiedad de las islas Spratly está subiendo peligrosamente de tono. China está modernizando a toda marcha su armada. En 2012, lanzó su primer portaaviones, el Liaoning, y está construyendo un segundo, con la intención de intimidar a Washington. Pekín soporta cada vez menos la presencia militar de Estados Unidos en Asia. Entre estos dos gigantes, se está instalando una peligrosa « desconfianza estratégica » que, sin lugar a dudas, podría marcar la política internacional en esta región de aquí a 2030.

EL TERRORISMO YIHADISTA
Otra de las amenazas globales que nos indica nuestra brújula es el terrorismo yihadista practicado ayer por Al Qaeda y hoy por la Organización Estado Islámico o Daesh (ISIS, en inglés). Las principales causas de ese terrorismo yihadista actual hay que buscarlas en los desastrosos errores y los crímenes cometidos por las potencias que invadieron Irak en 2003. Además de los disparates de las intervenciones en Libia (2011) y en Siria (2014).
En Oriente Próximo se sigue situando el actual foco perturbador del mundo. En particular en torno a la inextricable guerra civil en Siria. Lo que está claro es que, en ese país, las grandes potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), aliadas a los Estados que más difunden por el mundo una concepción arcaica y retrógrada del islam (Arabia Saudíta, Qatar y Turquía), decidieron apoyar (con dinero, armas e instructores) a la insurgencia islamista sunní. Estados Unidos constituyó en esa región un amplio «eje sunní» con el objetivo de derrocar a Bachar El Asad y despojar así a Teherán de un gran aliado regional. Pero el gobierno de Bachar El Asad, con el apoyo de Rusia e Irán, ha resistido y sigue consolidándose. El resultado de tantos errores es el terrorismo yihadista actual que multiplica los atentados odiosos contra civiles inocentes en Europa y Estados Unidos.

Algunas capitales occidentales siguen pensando que la potencia militar masiva es suficiente para venir a cabo del terrorismo. Pero, en la historia militar, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de derrotar a adversarios más débiles. Basta recordar los fracasos norteamericanos en Vietnam en 1975, o en Somalia en 1994. En un combate asimétrico, aquél que puede más, no necesariamente gana. El historiador Eric Hobsbawn nos recuerda que «En Irlanda del Norte, durante cerca de treinta años, el poder británico se mostró incapaz de derrotar a un ejército tan minúsculo como el del IRA; ciertamente el IRA no tuvo la ventaja, pero tampoco fue vencido.»
Los conflictos de nuevo tipo, cuando el fuerte enfrenta al débil o al loco, son más fáciles de comenzar que de terminar. Y el empleo masivo de medios militares pesados no permite necesariamente alcanzar los objetivos buscados.

La lucha contra el terrorismo también está autorizando, en materia de gobernación y de política interior, todas las medidas autoritarias y todos los excesos, incluso una versión moderna del «autoritarismo democrático» que toma como blanco, más allá de las organizaciones terroristas en sí mismas, a todos los insumisos y protestatarios que se oponen a las políticas globalizadoras y neoliberales.

HAY CRISIS PARA LARGO...
Otra constatación importante: los países ricos siguen padeciendo las consecuencias del terremoto económico-financiero que fue la crisis del 2008. Por primera vez, la Unión Europea, (y el «Brexit» lo confirma), ve amenazada su cohesión y hasta su existencia. En Europa, la crisis económica durará al menos un decenio más, es decir hasta por lo menos 2025...
Decimos que hay crisis, en cualquier sector, cuando algún mecanismo deja de pronto de actuar, empieza a ceder y acaba por romperse. Esa ruptura impide que el conjunto de la maquinaria siga funcionando. Es lo que está ocurriendo en la economía mundial desde que estalló la crisis de las sub-primes en 2007-2008.


Las repercusiones sociales de ese cataclismo económico han sido de una brutalidad inédita: 23 millones de desempleados en la Unión Europea y más de 80 millones de pobres… Los jóvenes en particular son las víctimas principales; generaciones sin futuro. Pero las clases medias también están asustadas porque el modelo neoliberal de crecimiento las abandona al borde del camino.
La velocidad de la economía financiera es hoy la del relámpago, mientras que la velocidad de la política, por comparación, es la del caracol. Resulta cada vez más difícil conciliar tiempo económico y tiempo político. Y también crisis globales y gobiernos nacionales. Todo esto provoca, en los ciudadanos, frustración y angustia.

La crisis global produce perdedores y ganadores. Los ganadores se encuentran, esencialmente, en Asia y en los países emergentes, que no tienen una visión tan pesimista de la situación como la de los europeos. También hay muchos «ganadores» en el interior mismo de los países occidentales cuyas sociedades se hallan fracturadas por las desigualdades entre ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres.
En realidad, no estamos soportando una crisis, sino un haz de crisis, una suma de crisis mezcladas tan íntimamente unas con otras que no conseguimos distinguir entre causas y efectos. Porque los efectos de unas son las causas de otras, y así hasta formar un verdadero sistema. O sea, enfrentamos una auténtica crisis sistémica del mundo occidental que afecta a la tecnología, la economía, el comercio, la política, la democracia, la identidad, la guerra, el clima, el medio ambiente, la cultura, los valores, la familia, la educación, la juventud, etc.

Desde el punto de vista antropológico, estas crisis se están traduciendo por un aumento del miedo y del resentimiento. La gente vive en estado de ansiedad y de incertidumbre. Vuelven los grandes pánicos ante amenazas indeterminadas como pueden ser la pérdida del empleo, los electrochoques tecnológicos, las biotecnologías, las catástrofes naturales, la inseguridad generalizada... Todo ello constituye un desafío para las democracias. Porque ese terror se transforma a veces en odio y en repudio. En varios países europeos, y también en Estados Unidos, ese odio se dirige hoy contra el extranjero, el inmigrante, el refugiado, el diferente. Está subiendo el rechazo hacia todos los "otros" (musulmanes, latinos, gitanos, subsaharianos, "sin papeles", etc.) y crecen los partidos xenófobos y de extrema derecha.

DECEPCIÓN Y DESENCANTO
Hay que entender que, desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido), ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una ola populista devastadora, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la carrera por la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la ascensión de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la «rebelión de las bases». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-burocracia de Washington, anti-medios y anti-Wall Street seduce, en particular, a los electores blancos, poco cultos, y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

SEÍSMOS Y MÁS SEÍSMOS
A este respecto podríamos decir que otra gran característica del Nuevo Sistema Mundo son los seísmos. Seísmos financieros, monetarios, bursátiles, seísmos climáticos, seísmos energéticos, seísmos tecnológicos, seísmos sociales, seísmos geopolíticos como el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, o, en otro sentido, el reciente golpe de Estado institucional en Brasil contra la presidenta Dilma Rousseff... Seísmos electorales como la reciente victoria del «no» en Colombia a los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC; o el reciente «Brexit» en el Reino Unido, o el éxito de la extrema derecha en Austria, o la derrota de Angela Merkel en varias elecciones parciales en Alemania. O el enorme seismo que podría constituir efectivamente la eventual victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos

Acontecimientos imprevistos irrumpen con fuerza sin que nadie, o casi nadie, los haya visto venir. Hay una falta de visibilidad general. Si gobernar es prever, vivimos una evidente crisis de gobernanza general. En muchos países, el Estado que protegía a los ciudadanos ha dejado de existir. Hay una crisis de la democracia representativa: "No nos representan", decían los "indignados". La gente reclama que la autoridad política vuelva a asumir su rol conductor de la sociedad. Se insiste en la necesidad de reinventar la política y de que el poder político le ponga coto al poder económico y financiero de los mercados.
INTERNET, EL CIBER-ESPIONAJE Y LA CIBER-DEFENSA
El Nuevo Sistema Mundo también se caracteriza por la multiplicidad de rupturas estratégicas cuyo significado a veces no comprendemos. Hoy, Internet es el vector de la mayoría de los cambios. Casi todas las crisis recientes tienen alguna relación con las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, con la desmaterialización y la digitalización generalizadas, y con la explosión inaudita de las redes sociales. Más que una tecnología, Internet es pues un actor fundamental de las crisis. Basta con recordar el rol de WikiLeaks, Facebook, Twitter y las demás redes sociales en la aceleración de la información y de la conectividad social a través del mundo.

De aquí a 2030, en el Nuevo Sistema Mundo, algunas de las mayores colectividades del planeta ya no serán países sino comunidades congregadas y vinculadas entre sí por Internet y las redes sociales. Por ejemplo, ‘Facebooklandia’: más de mil millones de usuarios... O ‘Twitterlandia’, más de 800 millones... Cuya influencia, en el juego de tronos de la geopolítica mundial, podría revelarse decisivo. Hoy, las estructuras de poder se difuminan gracias al acceso universal a la Red y el uso de nuevas herramientas digitales.

Por otra parte, por las estrechas complicidades que algunas grandes potencias han entablado con las grandes empresas privadas que dominan las industrias de la informática y de las telecomunicaciones, la capacidad en materia de espionaje de masas ha crecido también de forma exponencial. Las mega empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política exterior. Esta relación se ha convertido en una evidencia. Comparten las mismas ideas políticas y tienen idéntica visión del mundo. En última instancia, los estrechos vínculos y la visión común del mundo, por ejemplo, de Google y la Administración estadounidense están al servicio de los objetivos de la política exterior de los Estados Unidos.
Esta alianza sin precedentes –Estado + aparato militar de seguridad + industrias gigantes de la Web- ha creado un verdadero imperio de la vigilancia cuyo objetivo claro y concreto es poner Internet bajo escucha, todo Internet y a todos los internautas, como lo denunciaron Julián Assange y Edward Snowden.
El ciberespacio se ha convertido en una especie de quinto elemento. El filósofo griego Empédocles sostenía que nuestro mundo estaba formado por una combinación de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Pero el surgimiento de Internet, con su misterioso “interespacio” superpuesto al nuestro, formado por miles de millones de intercambios digitales de todo tipo, por su roaming, su streaming y su clouding, ha engendrado un nuevo universo, en cierto modo cuántico, que viene a completar la realidad de nuestro mundo contemporáneo como si fuera un auténtico quinto elemento.

En este sentido, hay que señalar que cada uno de los cuatro elementos tradicionales constituye, históricamente, un campo de batalla, un lugar de confrontación. Y que los Estados han tenido que desarrollar componentes específicos de las fuerzas armadas para cada uno de estos elementos: para la tierra: el ejército de Tierra; para el aire, el ejército del Aire; para el agua, la Armada; y, con carácter más singular, para el fuego: los bomberos o “guerreros del fuego”. De manera natural, desde el desarrollo de la aviación militar en 1914-1918, todas las grandes potencias están añadiendo hoy, a los tres ejércitos tradicionales y a los combatientes del fuego, un nuevo ejército cuyo ecosistema es el quinto elemento: el ciberejército, encargado de la ciberdefensa, que tiene sus propias estructuras orgánicas, su Estado mayor, sus cibersoldados y sus propias armas: superordenadores preparados para defender las ciberfronteras y llevar a cabo la ciberguerra digital en el ámbito de Internet.
UNA MUTACIÓN DEL CAPITALISMO: LA ECONOMÍA COLABORATIVA
Treinta años después de la expansión masiva de la Web, los hábitos de consumo también están cambiando. Se impone poco a poco la idea de que la opción más inteligente hoy es usar algo en común, y no forzosamente comprarlo. Eso significa ir abandonando poco a poco una economía basada en la sumisión de los consumidores y en el antagonismo o la competición entre los productores, y pasar a una economía que estimula la colaboración y el intercambio entre los usuarios de un bien o de un servicio. Todo esto plantea una verdadera revolución en el seno del capitalismo que está operando, ante nuestros ojos, una nueva mutación.

Es un movimiento irresistible. Miles de plataformas digitales de intercambio de productos y servicios se están expandiendo a toda velocidad. La cantidad de bienes y servicios que pueden alquilarse o intercambiarse mediante plataformas online, ya sean de pago o gratuitas (como Wikipedia), es ya literalmente infinita.

A nivel planetario, esta economía colaborativa crece actualmente entre el 15% y el 17% al año. Con algunos ejemplos de crecimiento absolutamente espectaculares. Por ejemplo Uber, la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores, en solo cinco años de existencia ya vale 68.000 millones de dólares y opera en 132 países. Por su parte, Airbnb, la plataforma online de alojamientos para particulares surgida en 2008 y que ya ha encontrado cama a más de 40 millones de viajeros, vale hoy en Bolsa (sin ser propietaria de ni una sola habitación) más de 30.000 millones de dólares, o sea más que los grandes grupos Hilton, Marriott o Hyatt.
A este respecto, otro rasgo fundamental que está cambiando –y que fue nada menos que la base de la sociedad de consumo–, es el sentido de la propiedad, el deseo de posesión. Adquirir, comprar, tener, poseer eran los verbos que mejor traducían la ambición esencial de una época en la que el tener definía al ser. Acumular “cosas” (viviendas, coches, neveras, televisores, muebles, ropa, relojes, libros, cuadros, teléfonos, etc.) constituía para muchas personas la principal razón de la existencia. Parecía que, desde el alba de los tiempos, el sentido materialista de posesión era inherente al ser humano.

La economía colaborativa constituye pues un modelo económico basado en el intercambio y la puesta en común de bienes y servicios mediante el uso de plataformas digitales. Se inspira de las utopías del compartir y de valores no mercantiles como la ayuda mutua o la convivialidad, y también del espíritu de gratuidad, mito fundador de Internet. Su idea principal es: “lo mío es tuyo”, o sea compartir en vez de poseer. Y el concepto básico es el trueque. Se trata de conectar, por vía digital, a gente que busca “algo” con gente que lo ofrece. Las empresas más conocidas de ese sector son: Uber, Airbnb, Netflix, Blabacar, etc.
Muchos indicios nos conducen a pensar que estamos asistiendo al ocaso de la 2ª revolución industrial, basada en el uso masivo de energías fósiles y en unas telecomunicaciones centralizadas. Y vemos la emergencia de una economía colaborativa que obliga, como ya dijimos, al sistema capitalista a mutar.

Por otra parte, en un contexto en el que el cambio climático se ha convertido en la amenaza principal para la sobrevivencia de la humanidad, los ciudadanos no desconocen los peligros ecológicos inherentes al modelo de hiperproducción y de hiperconsumo globalizado. Ahí también, la economía colaborativa ofrece soluciones menos agresivas para el planeta.

En un momento como el actual, de fuerte desconfianza hacia el modelo neoliberal y hacia las elites políticas, financieras, mediáticas y bancarias, la economía colaborativa parece aportar respuestas a muchos ciudadanos en busca de sentido y de ética responsable. Exalta valores de ayuda mutua y ganas de compartir. Criterios todos que, en otros momentos, fueron argamasa de teorías comunitarias y de ambiciones socialistas. Pero que son hoy –que nadie se equivoque– el nuevo rostro de un capitalismo mutante deseoso de alejarse del salvajismo despiadado de su reciente periodo ultraliberal.
Nuestra brújula también nos señala la aparición de tensiones entre los ciudadanos y algunos gobiernos en unas dinámicas que varios sociólogos califican de ‘post-políticas’ o ‘post-democráticas’... Por un lado, la generalización del acceso a Internet y la universalización del uso de las nuevas tecnologías están permitiendo a la ciudadanía alcanzar altas cuotas de libertad y desafiar a sus representantes políticos (como durante la crisis de los «indignados»). Pero, a la vez, estas mismas herramientas electrónicas proporcionan a los gobiernos, como ya vimos, una capacidad sin precedentes para vigilar a sus ciudadanos.

AMENAZAS NO MILITARES
“La tecnología –señala un reciente informe de la CIA– continuará siendo el gran nivelador, y los futuros magnates de Internet, como podría ser el caso de los de Google y Facebook, poseen montañas enteras de bases de datos, y manejan en tiempo real mucha más información que cualquier gobierno”. Por eso, la CIA recomienda a la administración de EE.UU. que haga frente a esa amenaza eventual de las grandes corporaciones de Internet activando el Special Collection Service, un servicio de inteligencia ultrasecreto -administrado conjuntamente por la NSA (National Security Service) y el SCE (Service Cryptologic Elements) de las Fuerzas Armadas- especializado en la captación clandestina de informaciones de origen electromagnético. El peligro de que un grupo de empresas privadas controle toda esa masa de datos reside, principalmente, en que podría condicionar el comportamiento a gran escala de la población mundial e incluso de las entidades gubernamentales. También se teme que el terrorismo yihadista sea sustituido por un ciberterrorismo aún más sobrecogedor.
La CIA toma tanto más en serio este nuevo tipo de amenazas que, finalmente, el declive de Estados Unidos no ha sido provocado por una causa exterior sino por una crisis interior: la quiebra económica acaecida a partir de 2007-2008. El informe insiste en que la geopolítica de hoy debe interesarse por nuevos fenómenos que no poseen forzosamente un carácter militar. Pues, aunque las amenazas militares no han desaparecido, algunos de los peligros principales que corren hoy nuestras sociedades son de orden no-militar: cambio climático, mutación tecnológica, conflictos económicos, crimen organizado, guerras electrónicas, agotamiento de los recursos naturales...

Sobre este último aspecto, es importante saber que uno de los recursos que más aceleradamente se está agotando es el agua dulce. En 2030, el 60% de la población mundial tendrá problemas de abastecimiento de agua, dando lugar a la aparición de “conflictos hídricos”... En cuanto al fin de los hidrocarburos en cambio, gracias a las nuevas técnicas de fracturación hidráulica, la explotación del petróleo y del gas de esquisto está alcanzado niveles excepcionales. Ya Estados Unidos es casi autosuficiente en gas, y en 2030 podría serlo en petróleo, lo cual tiende a abaratar sus costes de producción manufacturera y exhorta a la relocalización de sus industrias. Pero si EE.UU. –principal importador actual de hidrocarburos- deja de importar petróleo, es de prever que los precios del barril se reducirán. ¿Cuáles serán entonces las consecuencias para los grandes países exportadores?
HACIA EL TRIUNFO DE LAS CIUDADES Y DE LAS CLASES MEDIAS
En el mundo hacia el que vamos, el 60% de las personas vivirán, por primera vez en la historia de la humanidad, en las ciudades. Y, como consecuencia de la reducción acelerada de la pobreza, las clases medias serán dominantes y triplicarán, pasando de los 1.000 a los 3.000 millones de personas. Esto, que, en sí, es una revolución colosal, acarreará como secuela, entre otros efectos, un cambio general en los hábitos culinarios y, en particular, un aumento del consumo de carne a escala planetaria. Lo cual agravará la crisis medioambiental.
En 2030, los habitantes del planeta seremos 8 500 millones pero el aumento demográfico cesará en todos los continentes menos en África, con el consiguiente envejecimiento general de la población mundial. En cambio, el vínculo entre el ser humano y las tecnologías protésicas acelerará la puesta a punto de nuevas generaciones de robots y la aparición de “superhombres” capaces de proezas físicas e intelectuales inéditas.
El futuro es muy pocas veces predecible. No por ello hay que dejar de imaginarlo en términos de prospectiva. Preparándonos para actuar ante diversas circunstancias posibles, de las cuales una sola se producirá. A este respecto, la geopolítica es una herramienta extremadamente útil. Nos ayuda a tomar conciencia de las rápidas evoluciones en curso y a reflexionar sobre la posibilidad, para cada uno de nosotros, de intervenir y fijar el rumbo. Para tratar de construir un futuro más justo, más ecológico, menos desigual y más solidario.

Ignacio Ramonet. Doctor en Semiología. Profesor Emérito de la Universidad de Paris. Director de Le Monde Diplomatique en español. Autor de El Imperio de la vigilancia (Clave Intelectual, Madrid, 2016).
FUENTE: ALINET.ORG
















domingo, 28 de agosto de 2016

Estados Unidos no es el infierno que usted dice que es, señor Trump

El candidato republicano dice que el país es más inseguro que nunca. Eso no se sostiene con la realidad

Por Paul Krugman *

Donald Trump ha dado últimamente un giro extraño. Vale, él da muchos giros extraños, pero eso es lo que pasa cuando uno nombra candidato a alguien que tiene déficit de atención, que no sabe nada de política y que se niega a quedarse sentado más de tres minutos seguidos. Pero no nos fijemos en lo que pasan por ser ideas políticas trumpianas. Lo raro es el giro en cuanto a lo que se supone que es el problema.
Cuando empezó la campaña de Trump, el problema era, supuestamente al menos, la economía. Los extranjeros nos roban los puestos de trabajo, declaraba el candidato, con el comercio injusto y viniendo como inmigrantes. Y él iba a devolver su grandeza a EE UU con aranceles punitivos y deportaciones en masa.

Pero la historia cambió en la convención republicana. Hubo muy poquito debate económico y ni siquiera mucha demagogia económica. Por el contrario, se centró en la ley y el orden, en salvar al país de lo que el candidato describía como una aterradora oleada de delincuencia.
Ese ha seguido siendo el tema a lo largo de las últimas semanas, en las que Trump se ha "abierto" a los votantes de las minorías. Su idea para atraer a este electorado es decirles lo horribles que son sus vidas, que están ante "niveles de delincuencia nunca vistos". Hasta las "zonas de guerra", remacha, son "más seguras que vivir en algunas de nuestras zonas marginales".
Todo esto es realmente extraño, porque nada de esto está ocurriendo de verdad. Cuando la campaña de Trump se centraba claramente en la pérdida de puestos de trabajo de clase media, al menos pretendía tratar de un problema real: el empleo en la industria realmente está disminuyendo; los salarios reales de los obreros realmente han caído. Se podía decir que el trumpismo no es la respuesta (que no lo es), pero no que el tema fuese producto de la imaginación del candidato.
¿Pero de qué diablos habla Trump cuando retrata las ciudades estadounidenses como infiernos de delincuencia organizada y desmoronamiento social? La vida urbana es una de las cosas que van bien en Estados Unidos. De hecho va tan bien que a quienes recordamos los malos tiempos nos resulta difícil creerlo.
Hablemos de los delitos violentos específicamente. Fijémonos, en concreto, en la tasa de homicidios, supuestamente el indicador más sólido para establecer comparaciones a largo plazo, porque no hay ambigüedad en las definiciones. Los homicidios se dispararon entre principios de la década de 1960 y la década de 1980, y las imágenes de una futura distopía –piensen en Rescate en Nueva York (1981) o Blade Runner (1982)– se convirtieron en elemento básico de la cultura popular. Los escritores conservadores nos aseguraban que el aumento de la criminalidad era una consecuencia inevitable del desplome de los valores tradicionales, y que la situación seguiría empeorando a no ser que se recuperasen dichos valores.
Pero entonces sucedió algo curioso: la tasa de homicidios empezó a caer, y caer y caer. Hacia 2014 había vuelto a donde estaba medio siglo antes. Se produjo un ligero repunte en 2015, pero por el momento, al menos, es apenas una incidencia pasajera en la imagen a largo plazo.
Básicamente, las ciudades estadounidenses son tan seguras como lo han sido siempre. Nadie sabe a ciencia cierta por qué el índice de criminalidad ha caído en picado, pero la cuestión es que el panorama de pesadilla que describe la retórica del candidato republicano –¿lo llamamos el infierno de Trump?– no guarda parecido con la realidad.
Y no hablamos solo de estadísticas; hablamos también de experiencia vivida. El temor a la delincuencia no ha desaparecido de la vida estadounidense; hoy en día Nueva York es increíblemente segura en comparación con otros momentos históricos, pero aun así yo no pasearía por algunas zonas a las tres de la madrugada. Sin embargo, el miedo ha dejado claramente de ocupar un lugar tan importante en nuestra vida cotidiana.
¿De qué va todo esto, entonces? De lo mismo de lo que va toda la campaña de Trump: la raza. He utilizado comillas al hablar de la "apertura" racial de Trump porque está claro que el verdadero propósito de esta retórica vagamente conciliadora no es tanto el de atraer votantes no blancos como el de convencer a los blancos escrupulosos de que no es tan racista como parece. Pero la cosa es que aunque intente parecer racialmente incluyente, sus imágenes están impregnadas de una sensibilidad "derechista alternativa" que básicamente contempla a los no blancos como subhumanos.
De modo que cuando pregunta a los afroamericanos "¿qué tenéis que perder por probar algo nuevo, como Trump?", delata que ignora el hecho de que la mayoría de los afroamericanos trabaja duramente para ganarse la vida y que hay muchos negros de clase media. Ah, y el 86% de los adultos negros no ancianos tienen cobertura sanitaria, frente al 73% en 2010, gracias a la reforma del sistema de salud del presidente Obama. ¿A lo mejor sí tienen algo que perder?
¿Pero cómo iba él a saberlo? En el mundo mental en el que habitan él y aquellos a quienes él escucha, los negros y otros no blancos son por definición perezosas cargas para la sociedad.
Lo que nos devuelve a la idea de que Estados Unidos es una distopía de pesadilla. Tomada literalmente, es una tontería. Pero la sociedad cada vez más multicultural y multirracial de hoy es una pesadilla para quienes quieren una nación blanca y cristiana en la que las razas inferiores sepan cuál es su sitio. Y esa es la clase de gente a la que Trump ha sacado a la luz.

* Premio Nobel de Economía
Fuente : the New York Times
Version español : El Pais