jueves, 19 de enero de 2017

Una economía para el 99%

OXFAM


Los nuevos datos son demoledores. Tan sólo 8 personas (8 hombres en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad. La superconcentración de riqueza sigue imparable. El crecimiento económico tan sólo está beneficiando a los que más tienen. El resto, la gran mayoría de ciudadanos de todo el mundo y especialmente los sectores más pobres, se están quedando al margen de la reactivación de la economía.


Han pasado cuatro años desde que el Foro Económico Mundial alertase de la grave amenaza que supone el incremento de la desigualdad económica para la estabilidad social y tres desde que el Banco Mundial decidiese combinar su objetivo de acabar con la pobreza extrema con la necesidad de promover una prosperidad compartida. Desde entonces, y a pesar de que los líderes mundiales se hayan comprometido con el objetivo de reducir la desigualdad, la brecha entre los más ricos y el resto de la población se ha ampliado.

Sin embargo, el mundo sigue inmerso en una crisis mundial de desigualdad:
  • Desde 2015, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto del planeta.
  • Actualmente, ocho personas (ocho hombres en realidad) poseen la misma riqueza que 3.600 millones de personas (la mitad de la humanidad).
  • Durante los próximos 20 años, 500 personas legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos, una suma que supera el PIB de la India, un país con una población de 1.300 millones de personas.
  • Los ingresos del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de 3 dólares al año entre 1988 y 2011, mientras que los del 1% más rico se han incrementado 182 veces más.
  • El director general de cualquier empresa incluida en el índice bursátil FTSE 100 gana en un año lo mismo que 10.000 trabajadores de las fábricas textiles de Bangladesh.
  • Un nuevo estudio del economista Thomas Piketty revela que en Estados Unidos los ingresos del 50% más pobre de la población se han congelado en los últimos 30 años, mientras que los del 1% más rico han aumentado un 300% en el mismo periodo.
  • En Vietnam, el hombre más rico del país gana en un día más que la persona más pobre en diez años.
Si sigue esta tendencia, el incremento de la desigualdad económica amenaza con fracturar nuestras sociedades: incrementa la delincuencia y la inseguridad, socava la lucha contra la pobreza10 y hace que cada vez más personas vivan con más miedo y menos esperanza.

Ver informe completo de Oxfam

¿Hay que culpar a la globalización?

Aunque no podemos aceptar el racismo y la misoginia con que alimentó Donald Trump su victoria electoral, tenemos que reconocer que los votantes de clase obrera blanca que le dieron amplio apoyo tenían agravios reales. Han sido perdedores económicos durante las últimas cuatro décadas. Han visto estancarse sus salarios y las perspectivas a que se enfrentan sus hijos en el mercado laboral son sombrías. Sus cuitas vienen de políticas económicas que fueron diseñadas para redistribuir el ingreso hacia los de arriba. La globalización fue la más visible de esas políticas.

Entre los muchos mitos sobre la globalización, el peor es el que dice que la pérdida de un enorme volumen de puestos de trabajo en los EEUU (y en Europa) era inevitable. Puesto que el mundo en vías de desarrollo está lleno de trabajadores con salarios bajos, se dice, era imposible para los norteamericanos competir con ellos. Los economistas y los políticos que promueven esa opinión pueden conceder que el resultado es muy desafortunado para los trabajadores norteamericanos, pero insisten en que era inevitable. Se consuelan con los crecientes niveles de vida de los miles de millones de pobres del mundo en vías de desarrollo.
Es una visión de la historia de los últimos cuarenta años muy digerible para quienes no fueron sus víctimas. Pero es de todo punto falsa.
La globalización no tenia por qué seguir el curso que siguió. No había nada inevitable en los grandes déficits comerciales de los EEUU, que llegaron a un pico del 6% del PIB entre 2005 y 2006 (aproximadamente 1,1 billones anuales en dólares de la economía actual). Y no había nada inevitable en las pautas comerciales que resultaron de ese desequilibrio. Fueron decisiones políticas –no Dios, la naturaleza o la mano invisible— las que expusieron a los obreros industriales norteamericanos a la competencia directa con los obreros de salarios bajos en el mundo en vías de desarrollo. Quienes tomaban decisiones políticas pudieron haber expuesto a trabajadores superlativamente remunerados, como los médicos o los abogados, a esa misma competencia, pero un consenso bipartidista en el Congreso y los presidentes de ambos partidos eligieron protegerlos.

El primer supuesto sobre la globalización –que los EEUU necesitaban un robusto influjo neto de bienes— es fácilmente refutable. No teníamos que incurrir en grandes déficits comerciales con el mundo en vías de desarrollo para disfrutar de las ventajas del comercio. Ni eran nuestros déficits comerciales una condición necesaria para la mejora de la suerte de los pobres del mundo.
En realidad, la teoría económica sugiere lo contrario. Los países en vías de desarrollo se supone que incurren en grandes déficits comerciales con los países ricos. En los países ricos el capital es relativamente abundante, de modo que consigue tasas de retorno muy bajas. En cambio, en los países pobres el capital es relativamente escaso, de modo que consigue una alta tasa de retornos. Este argumento de manual implica que los inversores en los EEUU harían bien prestando dinero a los países en vías de desarrollo para ayudar a financiar su desarrollo.
El flujo de capital procedente de los países ricos podría financiar un déficit comercial de los países en vías de desarrollo, lo que permitiría a éstos mejorar sus niveles de vida importando bienes de consumo al tiempo que construyen infraestructura y forman stocks de capital. En la teoría económica dominante, el problema de los países en vías de desarrollo es la escasez de bienes y servicios. Así, se beneficiarían de una situación que les permitiría comprar más de lo que venden.
Sin embargo, muchos “expertos” sostienen que el principal problema del mundo en vías de desarrollo radica en encontrar quién compre sus productos. Esta perspectiva invertida revela la corrupción de nuestros debates políticos. Estos observadores vuelven del revés las enseñanzas de la teoría económica corriente sugiriendo que el problema económico principal a que se enfrenta el mundo en vías de desarrollo es el de una falta de demanda de sus bienes y servicios. Puede que algunos consideren el modelo del manual de economía como meramente hipotético. No lo es. En el Este asiático de los 90, hasta la crisis financiera de 1997, los países crecían rápidamente mientras incurrían en grandes déficits comerciales. Aunque el crecimiento y la reducción de la pobreza en la región han sido presentados como el beneficio que compensa los sufrimientos de la clase obrera en los EEUU y otros países ricos, lo cierto es que los Estados del Este asiático crecieron más rápidamente en los años en que incurrieron en déficits comerciales. De hecho, si los países del Este asiático hubieran conseguido mantener su tasa de crecimiento anterior a la crisis, dos de ellos, Malaysia y Corea del Sur, serían ahora más ricos en términos per capita que los EEUU. Aunque los desequilibrios fueron creciendo antes de la crisis, y aunque los déficits comerciales fueron probablemente demasiado grandes, eso no es razón para sostener que un patrón de crecimiento fundado en la inversión exterior no habría podido resultar sostenible.

Las condiciones del rescate de 1997, diseñado por la administración Clinton y operado por el FMI, convirtió a los países en desarrollo de la región en prestamistas netos de capital, invirtiendo la dirección de los flujos de capital anteriores al período de crisis. Esa fue una elección conscientemente política que tuvo efectos desastrosos para amplios segmentos de la fuerza de trabajo estadounidense. El rescate podría haber incluido una substancial condonación de la deuda, lo que habría permitido a los países del Este asiático seguir financiando con préstamos su desarrollo. Pero la administración Clinton insistió en la total devolución de la deuda para proteger a los bancos y a otros prestamistas de sus errores, lo que forzó a aquellos países a incrementar masivamente sus exportaciones a fin de poder pagar su deuda.
Pero no son sólo el volumen y la dirección de los flujos comerciales lo que revela su naturaleza política. Un segundo supuesto de la habitual narrativa sobre la globalización tiene que ver con el contenido de esos flujos. Los acuerdos comerciales negociados por las administraciones de los dos partidos fueron concebidos para permitir que las grandes compañías norteamericanas pudieran producir bienes en los países en vías de desarrollo y repatriar el producto a los EEUU con mínimas restricciones. Esta opción política ponía a los trabajadores industriales norteamericanos en directa competición con los trabajadores inferiormente pagados del mundo en vías de desarrollo. Nuestra economía, en conjunto, puede ganar con un acceso a los bienes de bajo costo fabricados en el mundo en vías de desarrollo, pero un resultado predecible y ya real de esta pauta comercial es la pérdida de puestos de trabajo industriales en los EEUU y la presión a la baja sobre los salarios de sus trabajadores menos calificados en general.
Había otras opciones, y sigue habiéndolas. Así como podemos ahorrar dinero en zapatos y camisetas comprando productos hechos en China, también podríamos ahorrar en facturas médicas y honorarios de abogados, si permitiéramos que médicos, abogados y otros profesionales de bajos honorarios pudieran practicar en los EEUU.
El caso es que no se ha hecho nada en esta era de liberalización comercial para reducir las barreras que protegen a nuestros profesionales mejor pagados. Es ilegal la práctica de la medicina en los EEUU, a menos que se haya completado un programa de residencia en EEUU o en Canadá. (El número de admitidos en esos programas está estrictamente limitado, con sólo una pequeña fracción abierta a médicos educados en el extranjero.) Los dentistas tienen prohibida la práctica en los EEUU, a menos que se hayan licenciado en una escuela odontológica de los EEUU; la única excepción son los licenciados en escuelas canadienses.

Es absurdo creer que la única vía para llegar a ser un profesional competente es completar un programa de residencia en los EEUU. Si aplicáramos nuestros principios librecambistas a los servicios médicos y odontológicos, así como al trabajo de otros profesionales muy bien pagados, estableceríamos un sistema internacional de acreditaciones que permitiría a los profesionales extranjeros entrenarse y practicar conforme a nuestros criterios en los EEUU. Y no se trata de una fantasía absurda. Trabajadores capaces en esos campos están ya colaborando a lo largo y ancho del planeta; los huesos, los dientes y los corazones en la India no son diferentes de los norteamericanos.
Los beneficios potenciales de un comercio más libre en esos servicios son enormes. El médico promedio de los EEUU gana más de 207.000 dólares la año, más del doble del promedio en otros países ricos. Si pagáramos a nuestros médicos lo mismo que Alemania, Canadá u otros sitios parecidos, ahorraríamos cerca de 100 mil millones de dólares al año, casi 700 dólares por familia norteamericana. Si abriéramos a la competencia internacional otras profesiones superiormente pagadas, los beneficios serían todavía mayores. Algunos objetarán que eso arrebataría a los pobres del mundo a los mejores y más brillantes, que irían a los EEUU. Pero esa “fuga de cerebros” podría compensarse con impuestos a los profesionales extranjeros y la repatriación esos impuestos a sus países de origen, que podrían usar ese dinero para educar y entrenar a dos o tres profesionales por cada uno que se hubiera ido a los EEUU. Este es el sistema de compensación a los perdedores que los propugnadores de los tratados de comercio alaban siempre prometiendo amplios beneficios para todo el mundo. En el caso de los EEUU, los programas compensatorios siempre han sido muy limitados.
Al generar el libre comercio ahorros en el trabajo de médicos, abogados, etc., podríamos también promover la igualdad, puesto que estos profesionales se sitúan en el vértice de la distribución del ingreso. Es importante recordar que el ingreso de los profesionales superiormente pagados representa un coste para todos los demás. Si podemos obtener sus servicios por menos, los niveles de vida del resto de la población crecerán. Rechazar ese camino es una forma de proteccionismo en beneficio de los comparativamente ricos profesionales norteamericanos.
Otros tipos de proteccionismo resultan también costosos para los norteamericanos. Por ejemplo: un eje capital de los últimos tratados de comercio ha sido la protección cada vez más robusta y cada vez más larga de las patentes y del copyright, con un foco especial puesto en la preservación de los monopolios fabricantes de fármacos de prescripción médica.
Incrementar el blindaje y la duración de las patentes y otras formas de protección se convirtió en el propósito central de la política comercial que inauguró la administración Clinton. La Casa Blanca insertó en el último minuto las cláusulas del TRIPS (Trade Related Aspects of Intellectual Property Rights) en las negociaciones de la Ronda de Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (de allí en adelante, Organización Mundial del Comercio). Todos los acuerdos de comercio posteriores han seguido extendiendo los derechos de propiedad intelectual (PI). Lo que típicamente hacen estas cláusulas PI es aumentar el coste de los artículos protegidos en muchos miles por ciento sobre el precio de libre mercado. Lo que resulta particularmente problemático en el caso de la prescripción de fármacos, porque  aquí lo que está en juego son las vidas y la salud de la gente.
Con pocas excepciones, la producción de fármacos es barata. Eso significa que, en ausencia de patentes y otras protecciones por el estilo, no resultarían normalmente caras de comprar. El fármaco para la hepatitis C, Sovaldi, ofrece un ejemplo excelente. Tres meses de administración de una versión genérica de alta calidad cuesta en la India 900 dólares. Su precio en los EEUU es de 84.000 dólares. Lo que equivale a un arancel de más del 40.000 por ciento.
Este enorme hiato abierto entre los precios protegidos por patentes y los precios de libre mercado estimula el abuso y la corrupción, tal como predice la teoría económica. Las empresas tienen poderosos incentivos mantener la patente sobre sus fármacos tanto tiempo como les sea posible. También tienen incentivos para ocultar pruebas de que su fármaco es menos efectivo de lo que declaran o de que podría resultar incluso dañino. Es raro que transcurra un mes sin que estalle un escándalo de esta naturaleza en la industria farmacéutica.
Los pretendidos beneficios de una protección robusta y duradera con patentes farmacéuticas están completamente exagerados. Por ejemplo, la idea de que así conseguimos mejores fármacos, porque la protección ofrecida por las patentes pagaría el elevado costo de la investigación, es de rodo punto erróneo. Mecanismos alternativos serían con casi total certeza más eficientes. El Estado podría avanzar fondos para la investigación y poner los descubrimientos en el dominio público. Ya gasta 32 mil millones de dólares al año para financiar la investigación biomédica a través del Instituto Nacional de la Salud. Esa financiación podría doblarse o triplicarse, a fin de pagar el desarrollo y la comprobación experimental de nuevos fármacos, y recuperarse fácilmente con los ahorros conseguidos gracias la venta a precios de libre mercado. En 2016, los EEUU gastaron más de 430 mil millones de dólares en fármacos de prescripción médica. Más del 80% de ese coste se habría ahorrado en ausencia de patentes y protecciones similares.
La insistencia en patentes más robustas y más largas y en protecciones del copyright no sólo impone costes económicos a los norteamericanos y a nuestros socios comerciales, sino que debilita todavía más la posición de los trabajadores industriales en los EEUU. La cosa es sencilla. Si nuestros socios comerciales pagan más a Pfizer, Merck y Microsoft, entonces tienen menos dinero para comprar bienes producidos en los EEUU. En efecto, un gran influjo de dinero para la propiedad intelectual implica un mayor déficit comercial en los bienes manufacturados. Eso no es libre comercio. Es elegir ganadores y perdedores. Y pésima noticia para el grueso de la fuerza de trabajo estadounidense.
En suma: casi todas las historias que se cuentan sobre la globalización como un proceso natural y necesario son falsas. Los EEUU no necesitan incurrir en déficit comercial, grande o pequeño, con el mundo en vías de desarrollo. Y esos déficit comerciales no son condición necesaria para reducir la pobreza allí.
Si la globalización, tal y como actualmente transcurre, no estaba predeterminada, tampoco fue un accidente. La exposición de los trabajadores industriales norteamericanos a la competencia internacional con trabajadores extranjeros de bajos salarios fue el resultado de decisiones políticas tomadas por mandatarios que sabían perfectamente que sus decisiones resultarían en salarios más bajos para los norteamericanos.
Acabar con el proteccionismo para los profesionales superiormente pagados y para la propiedad intelectual ayudaría a revertir la redistribución de ingresos hacia arriba acontecida en las últimas cuatro décadas, pero no sería suficiente por sí sola. También es necesario atacar al sobredimensionado sector financiero y sus excesivas remuneraciones, restituir una ahora quebrada estructura de gobernanza empresarial que permita que los altos ejecutivos tengan ingresos como los ejecutivos extranjeros y repensar la política macroeconómica que ha sacrificado el empleo en el altar de la baja inflación. De estas cosas me ocupo más a fondo en último libro: Rigged [Fraudulento].
Elegí este título aceptando una recomendación, y vale tanto para la globalización como para otras materias preocupantes. Porque si el propósito de la globalización era el de redistribuir el ingreso a favor de los ricos norteamericanos, entonces el proceso al que hemos asistido en estas últimas décadas tiene pleno sentido. Pero si el objetivo era promover la justicia económica o maximizar el crecimiento, entonces la globalización debería tomar una senda diferente.
Como cuestión práctica, la política comercial está ampliamente dominada por los grupos de interés formados para beneficiarse de ella, como los industriales que buscan mano de obra barata en el mundo en vías de desarrollo. Han hecho camino en muy buena medida envolviendo su agenda con la ideología del libre comercio, ideología que las gentes más instruidas –políticos, economistas y periodistas— creen tener que apoyar. Para algunos de ellos, promover el llamado libre comercio se ha convertido en un ejercicio de cinismo. Pero el grueso de los norteamericanos instruidos apoya esta senda de la globalización, porque llegó a convencerse de que beneficiaba realmente a la gente en el mundo en vías de desarrollo y, como en mi caso, porque la dictaban las leyes de la teoría económica. Ni que decir tiene que estas gentes más instruidas se contaban generalmente entre los beneficiarios de esa política
Pero podemos diseñar sendas de globalización que beneficien al mundo en vías de desarrollo por lo menos tanto como la presente, impidiendo  en cambio la redistribución hacia arriba en los EEUU y en otros países ricos. La cuestión es si los votantes instruidos ignorarán la realidad y continuarán dando ciegamente su apoyo a la actual política, o si se abrirán a una senda más inclusiva en materia de comercio y globalización.

AUTOR: DEAN BAKER; es un economista estadounidense, cofundador y codirector del Center for Economic and Policy Research. Licenciado en Economía por la Universidad de Michigan, ha sido economista del Economic Policy Institute y profesor de la Universidad de Bucknell.
FUENTE :Boston Review, 12 enero 2017
Traducción: Ventureta Vinyavella 
SIN PERMISO.

jueves, 12 de enero de 2017

Estancamiento secular y agonía del capitalismo

Por Immanuel Wallerstein
La Jornada




Los economistas del mundo están batallando con algo nuevo que les es muy difícil explicar. ¿Por qué es que los precios del mercado de valores han continuado subiendo pese al hecho de que algo conocido como crecimiento parece estar estancado? En la teoría económica dominante no se supone que funcione de tal modo. Si no hay crecimiento, los precios del mercado deberían declinar, estimulando por tanto el crecimiento. Y cuando se recupera el crecimiento, entonces los precios del mercado vuelven a subir.



Todos aquellos que son fieles a esta teorización dicen que la anomalía es una aberración momentánea. Algunos niegan incluso que sea cierto. Pero hay otros que consideran la anomalía un desafío importante a la teorización dominante. Buscan revisar la teorización para que tome en cuenta lo que muchos ahora llaman estancamiento secular. Los críticos incluyen a prominentes personas, algunos de ellos laureados con el Premio Nobel. Incluyen pensadores tan diferentes como Amartya Sen, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Stephen Roach.

Aunque cada una de estas personas tiene una diferente línea de argumentos, comparten algunas creencias. Todos ellos consideran que lo que hagan los Estados tiene un impacto grande en lo que ocurre. Todos ellos consideran que la situación actual es poco sana para la economía como un todo y ha contribuido a un incremento significativo en la polarización del ingreso real. Todos ellos consideran que se debe intentar movilizar la opinión pública para ponerle presión a las autoridades gubernamentales para que actúen formas específicas. Y todos ellos consideran que aunque continuara la actual situación anómala y poco sana todavía algún tiempo, existen políticas estatales apropiadas que harán posible una economía menos polarizada y más sana.


Hace no tanto, el estancamiento secular fue un término utilizado por muchos analistas, primordialmente para describir el estado de la economía japonesa, al comienzo de los años 90 del siglo XX. Pero desde 2008 el uso del concepto se ha aplicado a diversas regiones –miembros de la zona del euro, como Grecia, Italia e Irlanda; Estados ricos en petróleo, como Rusia, Venezuela y Brasil; recientemente también Estados Unidos, y potencialmente actores económicos previamente fuertes como China o Alemania.


Uno de los problemas de quienes buscan entender lo que está ocurriendo es que diferentes analistas utilizan diferentes geografías y diferentes calendarios. Algunos hablan de la situación Estado por Estado y algunos intentan evaluar la situación en la economía-mundo como un todo. Algunos piensan que el estancamiento secular comenzó en 2008; otros dicen que fue en la década de los 90. Otros más piensan que viene de finales de los 60, y unos cuantos más la sitúan aun antes.


Déjenme proponerles una vez más otro modo de entender el estancamiento secular. La economía-mundo capitalista ha existido en partes del globo desde el siglo XVI. Yo le he llamado el sistema-mundo moderno. Se ha expandido de un modo constante en lo geográfico terminando por abarcar el mundo entero desde mediados del siglo XIX. Ha sido un sistema muy exitoso en términos de su principio rector: la interminable acumulación de capital. Es decir, la búsqueda de acumular capital de modo de acumular más capital aún.

El moderno sistema-mundo, como todos los sistemas, fluctúa. También tiene mecanismos que limitan las fluctuaciones y lo empujan hacia un renovado equilibrio. Esto semeja un ciclo de altas y bajas. El único problema es que las caídas nunca retornan al punto bajo previo, sino a uno un poco más alto. Esto se debe a que en el complejo patrón institucional hay resistencia a ir hasta el fondo. La forma real de los ritmos cíclicos es dos pasos hacia arriba y un paso hacia abajo. Por tanto, el punto de equilibrio se mueve.

Si uno mide la abscisa de las tendencias, se mueven hacia una asíntota de 100 por ciento, que por supuesto no pueden cruzar. Un poco antes de dicho punto (digamos, cerca del 80 por ciento), las curvas comienzan a fluctuar alocadas. Esto es señal de que nos hemos movido al interior de la crisis estructural del sistema. Se bifurca, lo que quiere decir que son dos diferentes, casi opuestos, modos de optar por un sistema sucesor (o sistemas). Lo único que no es posible, es hacer que el actual sistema opere del modo normal anterior.


Mientras que antes de ese punto los grandes esfuerzos por transformar el sistema tuvieron como efecto pocos cambios, ahora lo opuesto es cierto. Cada pequeño esfuerzo por cambiar el sistema tiene un gran impacto. Es mi argumento que el sistema-mundo moderno entró en su crisis estructural cerca de 1970 y se mantendrá en ella todavía otros 20-40 años más. Si deseamos evaluar las acciones útiles, necesitamos tener en cuenta dos temporalidades diferentes: el corto plazo (a lo sumo tres años) y el mediano plazo.


A corto plazo lo que podemos hacer es minimizar el sufrimiento de quienes son los más afectados negativamente por la creciente polarización en el ingreso que está ocurriendo. La gente vive en el corto plazo y necesita alivio inmediato. Sin embargo, tal alivio no cambiará el sistema. El cambio puede ocurrir a mediano plazo conforme los que favorecen una clase u otra de sistema sucesor obtienen la suficiente fuerza para inclinar la bifurcación hacia su propia dirección.

He aquí el peligro de no ir lo suficientemente lejos en el análisis crítico del sistema. Sólo si uno mira con claridad que no hay salida del estancamiento persistente uno puede de hecho volverse lo suficientemente fuerte para ganar la batalla política y moral.

Una punta de la bifurcación pugna por remplazar el capitalismo por otro sistema que será tan malo o más que el anterior, manteniendo los rasgos cruciales de jerarquía, explotación y polarización. La otra punta pugna por un nuevo sistema que sea relativamente igualitario y relativamente democrático.

En los años por venir, habrá vueltas que parezcan indicar que el sistema vuelve a funcionar. Puede incluso subir el nivel de empleo en el sistema como un todo (la medida clave del estado del sistema). Pero tal alza no podrá durar mucho, porque la situación global es demasiado caótica. Y el caos paraliza la presteza de los poderosos emprendedores y de las personas simples por igual, en lo tocante a gastar el capital remanente en formas que tienen el riesgo de pérdida y, por tanto, de su supervivencia.


Estamos en un alocado viaje, uno que no es nada placentero. Si nos hemos de comportar con sensatez, el primer requisito es la claridad de análisis, seguida de decisiones morales y juicio político. El fondo del asunto es que ya hace mucho rebasamos el punto en que el capitalismo como sistema histórico pueda sobrevivir.

jueves, 5 de enero de 2017

El sistema se rompe

En una nota de fin de año, el biógrafo de John Maynard Keynes, el economista Lord Robert Skidelsky escribe: "Seamos honestos: nadie sabe lo que está sucediendo en la economía mundial en la actualidad. La recuperación del colapso de 2008 ha sido inesperadamente lenta. ¿Estamos en el camino a una plena recuperación o estamos sumidos en un "estancamiento secular?". ¿La globalización va o viene?
Y continúa: "Los políticos no saben qué hacer. Utilizan las palancas habituales (e incluso las inusuales) y no pasa nada. La flexibilización cuantitativa (QE) se suponía que produciría la inflación "prevista". No lo hizo. La contracción fiscal debía restablecer la confianza. No lo hizo".


Skidelsky echa la culpa de esto al estado de la macroeconomía - nos recuerda la ahora infame visita de la reina británica Isabel II a la London School of Economics en medio de la Gran Recesión en 2008, cuando preguntó a un grupo de eminentes economistas: ¿por qué no la vieron venir? Le respondieron que ¡no sabían lo qué no sabían!
Skidelsky pasa a considerar varias razones del fracaso de la economía dominante a la hora de ver venir la crisis o saber qué hacer con ella. Una de las razones podría ser la concentración de la enseñanza de la economía en modelos poco realistas y fórmulas matemáticas, en vez de comprender "la imagen completa". Cree que la economía se ha aislado de "la comprensión común de cómo funcionan o deben funcionar las cosas”. Este análisis sigue al que hizo recientemente Paul Romer, el nuevo economista jefe del Banco Mundial, que, tras renunciar a la academia, también criticó el estado actual de la macroeconomía.
La segunda razón de Skidelsky es que la economía dominante entiende la sociedad como una máquina que puede alcanzar el equilibrio de la oferta y la demanda a fin de que "las desviaciones de equilibrio son ‘fricciones’, simples ‘baches en el camino’; restringiéndolos, los resultados son pre-determinados y óptimos". Lo que esto no tiene en cuenta, dice Skidelsky, es que hay seres humanos que operan en un sistema económico y que no pueden entrar en los cálculos de un modelo de equilibrio. Las matemáticas se interpone en el camino de la gran imagen con todos sus impredecibles y cambios humanos. Lo que no funciona en la teoría económica, según Skidelsky es su falta de una "educación y visión amplias". Los economistas necesitan saber más cosas sobre la organización social, el comportamiento y la historia del desarrollo humano, no sólo de modelos y matemáticas.
Si bien los argumentos de Skidelsky tienen más de un punto de razón, en realidad no explican por qué la teoría económica convencional se ha divorciado de la realidad. No se trata de un error pedagógico o de una  falta de reconocimiento de las ciencias sociales más generalistas, como la psicología; se trata del resultado deliberado de la necesidad de evitar la realidad del capitalismo. 'La economía política' comenzó como un análisis de la naturaleza del capitalismo sobre una base "objetiva" por los grandes economistas clásicos Adam Smith, David Ricardo, James Mill y otros. Pero una vez que el capitalismo se convirtió en el modo de producción dominante en las principales economías y se hizo evidente que el capitalismo era otra forma de explotación de la mano de obra (esta vez por el capital), la economía se apresuró a negar la realidad. En lugar de ello, la economía convencional se convirtió en una apología del capitalismo, y el equilibrio general sustituyó a la competencia real; la utilidad marginal sustituyó a la teoría del valor trabajo; y la Ley de Say sustituyó a la teoría de las crisis.
Como Marx lo resumió: "De una vez por todas quiero aclarar que por economía política clásica entiendo la teoría económica, que, desde la época de W. Petty, ha investigado las relaciones reales de producción en la sociedad burguesa, a diferencia de economía vulgar, que se ocupa sólo de las apariencias, rumia sin cesar los materiales que desde hace mucho tiempo ha proporcionado la economía científica, y busca explicaciones plausibles de los fenómenos más abstrusos, para uso diario de la burguesía, pero para el resto, se limita a sistematizar de forma pedante, y proclamando verdades eternas, las ideas trilladas en las que cree la auto-complaciente burguesía con respecto a su propio mundo, que es para ellos el mejor de los mundos posibles".

El problema de la teoría económica convencional no es (solo) que los economistas actuales se centran demasiado en las matemáticas y los modelos económicos - no hay nada inherentemente malo en utilizar matemáticas y modelos - o que la mayoría de los economistas no tengan tanta "erudición y talentos múltiples" como los clásicos del pasado. El problema es que la economía ya no es "economía política", un análisis objetivo de las leyes del movimiento del capitalismo, sino una apología de todas las "virtudes" del capitalismo.
La asunción de la economía es que el capitalismo es el único sistema viable de organización social humana capaz de satisfacer los deseos y necesidades de las personas. No hay alternativa. El capitalismo es eterno y funcionará siempre que no haya demasiadas interferencias en los mercados de fuerzas externas como el gobierno o de monopolios "excesivos". De vez en cuando, la tarea es controlar los 'choques externos' del sistema (visión neoclásica) o intervenir para corregir los "problemas técnicos" en la producción y la circulación capitalistas (visión keynesiana). Pero el sistema en sí, funciona.
Veamos la reacción de Paul Krugman a la nota de Skidelsky. Lo que molesta a Krugman es la sugerencia de Skidelsky de que la economía dominante mantiene que la contracción fiscal (austeridad) era necesaria para "restablecer la confianza" después de la Gran Recesión. Krugman, como decano moderno del keynesianismo, no está de acuerdo con el biógrafo de Keynes. La economía dominante, al menos su ala keynesiana, sostienen lo contrario. Más gasto público, no menos, es lo que hubiera sacado a la economía capitalista de su depresión. Eso dice la macroeconomía básica, afirma Krugman.
A continuación, señala que la austeridad está "fuertemente correlacionada con las crisis económicas". En realidad, la evidencia de ello es realmente débil, como he demostrado en varias notas y en varios ensayos (publicados y futuros). Las grandes soluciones keynesianas de dinero fácil, tasas de interés cero y gasto fiscal no han sido capaces ni de lejos de acabar con la depresión cuando se han aplicado (y las tres se han probado en Japón). Krugman, por supuesto, nos dice que no se han intentado, o por lo menos no lo suficiente. Los políticos "se negaron a utilizar la política fiscal para promover el empleo; prefirieron creer en la hada de la confianza para justificar los ataques contra el estado de bienestar, porque eso es lo que querían hacer. Y sí, algunos economistas les dieron excusas. Pero eso es una historia muy diferente a la afirmación de que la economía no pudo ofrecer una orientación útil. Por el contrario, se ofrecieron orientaciones muy útiles, que los políticos, por razones políticas, prefirieron ignorar ".
En mi opinión, los políticos pueden haber decidido ignorar el gasto fiscal para resolver el "problema técnico" de la Larga Depresión en parte "por razones políticas". Pero también hay muy buenas razones económicas para defender que en una economía capitalista, el aumento del gasto público y el crecimiento del déficit fiscal no conseguirían la recuperación económica si la rentabilidad del capital es baja.

Skidelsky mencionó el otro gran punto ciego de la economía convencional: la afirmación de que la libre circulación de mercancías y capitales, la globalización, beneficia todos. Angus Deaton, ganador del Premio Nobel de Economía en 2015, es un defensor optimista de la globalización. El libro de Deaton La gran evasión (2013) defendió que el mundo en que vivimos hoy es más sano y más rico de lo que hubiera sido, gracias a siglos de integración económica.  Deaton cree que "la globalización no parece ser un mal importante en si misma y me resulta muy difícil no pensar en los miles de millones de personas que han salido de la pobreza gracias a ella".
He discutido los argumentos de Deaton en notas anteriores. Deaton representa lo mejor de la economía dominante actual cuando aborda los grandes temas: la globalización, los robots, la desigualdad, la salud humana y la felicidad. Ahora está preocupado por la amenaza de los robots a las rentas del trabajo, las crecientes desigualdades en la "búsqueda de rentas" y el deterioro de la salud de los estadounidenses por el uso abusivo de medicamentos con los que les bombardean las compañías farmacéuticas. Cree que "la felicidad alcanza su punto máximo cuando una persona gana el equivalente a 75.000 dólares al año".  Por supuesto, la mayoría no gana eso, como bien sabe Deaton. Pero él sigue confiando en que el capitalismo es el mejor sistema de organización social, ya que ha sacado a mil millones de personas "de la pobreza" en los últimos 250 años. Así que el capitalismo funciona, incluso si sus apologistas ignorar su funcionamiento y no pueden explicar como funciona.
El entrevistador del FT dejó a Deaton y se dirigió hacia su coche: "Hay una multa de aparcamiento mojada en mi parabrisas, una multa de 40 dólares. Sonrío. Recuerdo el consejo de Deaton cuando me senté con él y le mencioné mi temor de acabar con una multa. "Estoy seguro de que podrá evitar pagarla", me dijo el premio Nobel. "Simplemente dígales que el parquímetro no funcionaba".
Pues bien, el sistema se rompe y los economistas no pueden sacarnos de él.


FUENTE: SIN PERMISO
AUTOR : Michael Roberts, es un reconocido economista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

TRADUCCION: G. Buster