La crisis según Dimitra



Los jóvenes indignados no son los únicos que protestan en las calles de Atenas. Muchos ciudadanos ancianos como Dimitra sienten que las nuevas medidas de austeridad destruyen aquello por lo que han trabajado toda su vida, según la corresponsal de Foreign Policy. 


Por Joanna Kakissis
 
 
Después de un año viendo a la misma multitud de anarco-izquierdistas y sindicalistas en las interminables protestas contra la austeridad en Atenas, por fin conozco a una persona en Grecia que podría ser el vivo retrato de la crisis económica.
Dimitra es una abuela de 62 años que vive en el antes elegante y ahora destartalado barrio del centro de Antenas alrededor de la plaza Victoria. Posee un pequeño autoservicio, que es su sustento y el de su hija desempleada y sus dos nietos. Hace todo lo que puede. Siempre ha pagado sus impuestos, aguantando incluso las burlas de sus amigos que evadían tributar y nunca ha gastado más de lo que podía ahorrar. Pero con las medidas de austeridad han subido sus impuestos y sus facturas, por lo que se está quedando sin ahorros. Y por si fuera poco, su barrio ahora está lleno de drogadictos y bandas de delincuentes. Le da miedo salir por la noche, porque la han atracado más veces de las que puede recordar. "Estoy cansada", afirma.
Durante muchos años, los políticos griegos no han prestado atención a la gente como Dimitra. Y deberían haberlo hecho. Esta mayoría silenciosa, los griegos que cumplían las normas, que pagaban sus impuestos y vivían dentro de sus posibilidades, ahora están pagando las deudas amontonadas por un sistema político corrupto, ineficaz y clientelista que no les ha aportado nada. El Gobierno no debería temer a los aganaktismenoi, los griegos que gritan eslóganes y han acampado durante semanas en la plaza Syntagma en una sentada contra la austeridad, siguiendo el modelo de los indignados de España. Deberían temer a Dimitra y a todos los griegos que, como ella, han dado en silencio a los políticos griegos el beneficio de la duda y tras este año de austeridad que no ha servido para nada, al final han perdido la paciencia.

Bandas de extrema derecha

En el país, este caos presenta muchos niveles, incluida una economía estancada casi al estilo soviético que da prioridad a las influencias sobre la meritocracia, una cultura de corrupción que ha dilapidado el dinero público y un reciente aumento de la inmigración ilegal gestionada deficientemente por los griegos y los europeos, dejando a miles de inmigrantes desempleados, indocumentados y cada vez más desesperados abandonados a su suerte en Atenas.
El año pasado, el preocupante aumento de los crímenes con violencia avivó a las antes marginales bandas de neo-nazis, a las que algunos de los residentes de toda la vida del centro de la ciudad consideran una fuerza de seguridad más efectiva que la propia policía municipal o griega.
"En cierto modo, la gente ya no se siente segura y eso hace que se muestren tensos, furiosos, desconfiados", afirma el padre Maximus, el sacerdote de Aghios Panteleimonas, una catedral en un barrio del centro de Atenas del mismo nombre que ha sido testigo durante el pasado año de algunos de los peores actos delictivos. "No sé qué decir a las señoras mayores que vienen llorando y magulladas después de que un inmigrante afgano o africano le haya atracado al venir a la iglesia. No sé qué decir a las prostitutas adolescentes de África que vienen aquí, pidiendo ayuda para salir de la trampa en la que se han convertido sus vidas o a los inmigrantes sin hogar que se sientan fuera de la iglesia. No hay ningún orden y en este entorno, cualquiera que sea una víctima también puede convertirse en maleante".

El extremismo se abre paso

Realmente las cosas han empeorado en este último año, afirma. Muchos pensionistas se niegan a salir de sus casas porque temen que les asalten los xenoi, los "extranjeros" de África y Asia que ahora les superan en número en el barrio. Como respuesta a esta situación, las bandas de extrema derecha patrullan las calles y han atacado las improvisadas mezquitas construidas en los sótanos mientras los inmigrantes de Bangladesh rezan dentro.
Muchas de estas bandas pertenecen a Chrysi Avgi, o Aurora Dorada, un grupo extremista y fascista despreciado por la mayoría de los griegos. En las elecciones provinciales del pasado mes de octubre, los residentes exasperados de los barrios atenienses atormentados por la delincuencia ayudaron a que el líder de Chrysi Avgi, Nikolas Michaloliakos, accediera al consejo municipal de Atenas, porque prometió acabar con la delincuencia y expulsar a los inmigrantes supuestamente responsables de ella.
Michaloliakos es conocido por saludar a los compañeros del consejo con un saludo nazi. Aunque Chrysi Avgi no tiene posibilidades de ganar escaños en el Parlamento, "su presencia en la política demuestra que, al haberse debilitado el apoyo a los dos principales partidos en Grecia, los extremistas se han hecho un hueco", afirma Stathis Kalyvas, profesor de ciencias políticas en Yale que sigue muy de cerca lo que sucede en su país natal.

"Este no es mi país"

La mayoría de los griegos no son xenófobos, pero la crisis ha hecho que esta cultura cerrada sea aún más extrema. Muchos rechazan a los europeos, sobre todo a los alemanes, que les están tildando, a menudo injustamente, de ser unos vagos derrochadores que se creen con derecho a todo. Otros repudian al FMI, pues temen que está intentando apoderarse de Grecia. He visto panfletos del movimiento "compra productos griegos", cuyo fin es avivar el orgullo nacional y la economía fomentando los productos griegos.
Hay que decir a su favor que Dimitra, la abuela de la que hablaba, se mostraba en contra de esta estrechez de miras cuando la conocí el mes pasado. Es una persona firme y directa, con el cabello corto y gris, gafas de profesora y una sonrisa aniñada que desarma a cualquiera.
Estuvo junto a mí durante el servicio funerario de un hombre de Bangladesh apuñalado hasta morir en represalia por el asesinato de un agente de seguros a principios del mes pasado. Cuando llegué, la multitud ya se mostraba furiosa. "¡Extranjeros, fuera de Grecia!" gritaban, mientras ondeaban banderas griegas y perseguían a un desafortunado inmigrante africano que estaba rebuscando en los contenedores de basura latas de bebidas para reciclarlas y ganar algo de dinero. Bandas de jóvenes y sudorosos griegos enrollaban las banderas y las sostenían como palos, listos para la pelea. Cuando la multitud se puso a cantar con ira el himno nacional, Dimitra se negó a unirse a ellos. "Este no es mi país", decía llorando. "¿Por qué hemos hecho caso omiso de nuestros problemas y hemos dejado que se desborden y se conviertan en este horror?"

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