En el vientre de la bestia

Por William Bowles


Por si no os habéis dado cuenta, especialmente si vuestras noticias provienen de los medios dóciles, estamos rodeados por la madre de todas las crisis capitalistas. Una crisis que parece mucho más profunda incluso que la de 1929, y en vista de la naturaleza global del capitalismo corporativo, nadie (con la excepción de los ricos) puede escapar a su terrible poder destructivo, salvo que haya una revolución.
Es tan profunda en los hechos, que las elites imperiales son incapaces de resolverla y parecen estar paralizadas como ciervos encandilados, y tratan de aplicar ‘soluciones’ que solo agravan las contradicciones. Apunta una y otra vez a la naturaleza caótica del capitalismo que oculta su ignorancia tras frases elocuentes que no tienen significado alguno.
El titular de The Independent del 24 de septiembre de 2011 resume sucintamente el dilema de la elite, aunque de manera algo arcaica, pero después de todo qué se puede esperar una elite obsoleta acostumbrada a embaucar al público oscureciendo los hechos y orando para que nadie se dé cuenta:
“El Mundo ora por un milagro económico”
Por lo tanto la ruta neoliberal, seguida desde el final de los años setenta –en realidad un intento de hacer volver el reloj a tiempos pre-soviéticos cuando el imperialismo regía sin ninguna oposición efectiva, sea de los colonizados y su fuerza laboral o de una alternativa socialista– nos obliga a volver a considerar el problema de lograr una revolución en un mundo que tiene más en común con los tiempos de Marx que con el mundo conformado por los soviéticos en el que crecimos la mayoría de nosotros.
Fue evidentemente erróneo suponer que los “trabajadores más avanzados” de los países industriales encabezarían una revolución, porque obviamente no ha ocurrido, incluso después de cien años de intentos. En vez de eso ocurrió lo contrario. El movimiento obrero se encontró a bordo del ‘buen barco capitalista’, cooptado y reformado como parte de una clase trabajadora de elite que se ha beneficiado directamente de los despojos del Imperio (aunque sea de las migas que quedan sobre la mesa).
Y en el momento justo, el líder del Partido Laborista, Ed Milliband, en su conferencia anual (el 27 de septiembre de 2011) prometió que vamos a tener que “hacer funcionar el capitalismo”, aunque funciona perfectamente para los ricos. Los fregados somos son todos los demás.
Y en cierto sentido, la revolución bolchevique de 1917 solo retrasó los eventos que ahora parecen llegar al punto crítico, pero irónicamente, ahora nos falta una verdadera izquierda con la cual cuestionar el control total del capital corporativo donde cuenta, en el vientre de la bestia. En realidad solo cosechamos lo que hemos sembrado.
Como es usual, los que no tienen nada en el mundo son los que se levantan contra el Imperio, como lo han hecho durante los últimos quinientos años. Mientras aquellos de nosotros en el centro imperial ni siquiera somos capaces de juntarnos a fin de proteger nuestros propios derechos duramente conseguidos, para no hablar de los de las naciones oprimidas y ocupadas, y a juzgar por los eventos en torno a Libia, tampoco somos capaces de acertar en eso. No es solo el capitalismo el que está en crisis.
Por lo tanto, a pesar de todos nuestros conocimientos, tradiciones y habilidades no se nos ofrece ninguna alternativa socialista viable. La izquierda tradicional, del sabor que se sea, no tiene nada fuera de las mismas viejas consignas que se remontan a los tiempos anteriores a los años ochenta; a una época en la que todavía existía una clase obrera industrial organizada y la izquierda correspondiente, firmemente atrincheradas en la lucha por medio de las urnas contra el capitalismo industrial de estilo antiguo. Y era muy confortable, mientras duró.
Por lo tanto el capitalismo se revoluciona inexorablemente todo el tiempo en una ola de revoluciones en la producción (sobre las cuales no ejerce virtualmente ningún control, solo explotando interminablemente cada progreso) que llevó, exactamente como predijo Marx, a un capitalismo totalmente globalizado.
Mientras tanto, la izquierda occidental todavía sigue haciendo ruidos sobre una revolución de la clase trabajadora pero sin que reconozca, para no decir acepte, que una clase trabajadora tome (supuestamente) la dirección. Y así ha sido durante décadas, parloteando sobre una vida de la clase trabajadora que prácticamente ha sido erradicada, precisamente como nuestros antepasados rurales, agrícolas y artesanales vieron que sus medios de vida se enterraban profundamente y eran reemplazados por las fábricas y las casas adosadas de los barrios bajos industriales.
La última revolución en la producción capitalista, las tecnologías de la información, llevaron inevitablemente a la desindustrialización de las naciones capitalistas industriales más avanzadas, impulsadas como etán por el “resultado neto”; beneficios, y por lo tanto exportaron la producción a los sitios donde la mano de obra era más barata. Y al hacerlo, las finanzas y el consumo se hicieron cargo del papel de generar beneficios de una población trabajadora que en gran parte ya no estaba empleada en la producción real.
En su lugar, el consumo financiado por la deuda se convirtió en el fundamento de la economía, el interés cobrado se desvió y se utilizó para especular una vez que los bancos, ahora desregulados, se apoderaron de todos nuestros depósitos. Y cuando la especulación se derrumbó de modo espectacular en 2008, en lugar de renunciar a todas las deudas tóxicas y reiniciar de cero el sistema bancario, la clase política utilizó nuestra deuda colectiva para compensar a los banqueros; es su función, proteger sus intereses de clase y el motivo por el cual nuestra democracia es corrupta y tan poco representativa de la población.
También es un tipo diferente de sobreproducción del de las crisis anteriores del capital, caracterizadas por una sobreproducción de bienes seguida de los inevitables despidos, caída delconsumo, recesión, depresión, etc., seguida casi siempre de una guerra general, la versión capitalista de recomenzar.
En su lugar, es la ‘sobreproducción’ de vastas cantidades de capital ficticio, en la forma de dinero-mercancía lo que esta vez ha causado la crisis, causando inexorablemente despidos y depresiones en la economía real a medida que las ‘deudas’ creadas por los bancos y los especuladores son pagadas por nosotros en la forma de costes más elevados, salarios más y más bajos y la reducción de servicios sociales. En situaciones más extremas, la privatización al por mayor de activos del Estado es necesaria para pagar a los usureros. De hecho, en Grecia, la crisis fue creada por los mismos bancos que vendieron a Grecia el papel invendible (Obligaciones de deuda colateral, CDO, por sus siglas en inglés) para comenzar y ¡luego especularon que su valor futuro carecía de valor!
¡Qué estafa”! A todo un país se le borra su riqueza colectiva de un día al otro en un ataque aún más letal que una misión de bombardeo ‘humanitario’ de la OTAN.
El capitalismo financiarizado es un gigantesco timo Ponzi, y como todos los timos Ponzi, los pagarés se cobran. La cuestión para nosotros es, ¿quién paga? Si no somos nosotros, evidentemente serán ellos los que serán estafados en una orgía que comenzó cuando no hubo resistencia organizada a sus depredaciones.
El ascenso del neoliberalismo está directamente conectado con la desindustrialización del centro imperial, sobre todo EE.UU. y el Reino Unido, las más financiarizadas de las economías capitalistas. Las economías que nos dominan a todos a través de su propiedad y control de los circuitos del capital global, materias primas esenciales y el poder militar para imponer su dominación económica.
Sin un desafío efectivo a la dominación del Imperio la situación parece desastrosa para todo el planeta; otra innovación del capitalismo.
La caída de la Unión Soviética fue el clavo final y vencido hace tiempo en el ataúd de la izquierda occidental, y reveló que todo el tiempo, a pesar de sus consignas, la izquierda occidental se mantuvo firmemente encapsulada en un enfoque reformista para librarse del capitalismo.
La ‘alianza’ capital/trabajo en el Reino Unido duró solo treinta y cinco años (1945-1980) durante los cuales la izquierda se desintegró lenta pero inexorablemente, porque que ya no era adecuada para su propósito como dicen. Seguramente un período singular en la historia británica: de la pobreza a la riqueza y de vuelta a la pobreza en poco más de tres décadas.
Pero ahora, cuando se ha revelado que la ‘democracia’ capitalista es un engaño total; controlada por una clase política unida solo por sus intereses, no importa cuál sea el ‘partido’ en el poder, seguramente es hora de repensar cómo podemos poner fin a esta demencia caótica. Una demencia en la cual cerramos hospitales en el Reino Unido y utilizamos el dinero supuestamente economizado para bombardear hospitales en Libia. El mismo fin, diferentes medios.
Éste es el producto final: una democracia solo de nombre. Una democracia que mata y destruye con apenas un murmullo de nosotros, los ‘civilizados’. Indudablemente nuestro objetivo en la izquierda es conectar la destrucción causada por el Imperio con la destrucción que ahora se desencadena sobre nosotros en el interior, porque forman parte integral del mismo proceso. Es el capitalismo puro.

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