Capitalismo y Fracaso



Por Adrian Carmona
Estacion Finlandia







Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett [1]
Escuchando a los apologetas del capitalismo, tan habituales en nuestros tiempos, podría parecer que el capitalismo no admite el fracaso per se. Por otra parte, ante dicha pureza inmaculada e incorruptible del statu quo suele anteponerse con frecuencia [2] el supuesto fallo irrefutable no sólo de experiencias que se denominaban comunistas o socialistas sino de la misma idea de igualdad. En nuestra sociedad ultraconsensual [3], que celebró con grandes faustos la desaparición de la experiencia soviética como el certificado de defunción de cualquier intento de metarelato, la idea de igualdad y el ánimo de transformación social no representan sino la pantalla fantasmagórica de su \emph{verdad}, un núcleo totalitario que tarde o temprano terminará generando monstruos como los que alegremente son descritos por la prensa liberal [4]. La crainte des masses, el miedo a un supuesto exceso democrático, es el pilar fundamental del pensamiento conservador [5]. Ante ello, solo nos queda la gestión de lo posible, la aritmética parlamentaria, la “despolitización” de la política, la gobernanza, el gobierno de los técnicos, … diques de contención ante la pretendida pulsión violenta e irracional de la mayoría.

Quizá una de los aspectos que más caracteriza a la ideología (neo)liberal es que se afirma en su negatividad, no se presenta como lo que es, sino que se define mediante su reiterada autonegación. El ejemplo más claro de ello lo tenemos en que para los defensores del capitalismo, éste sencillamente no existe. Podríamos decir que según ellos es un grosero intento marxista de englobar cosas que sólo tienen en común alguna causalidad espacio-temporal, el hecho de ser (supuestamente) simples concreciones históricas de la naturaleza humana. El mero hecho de pronunciar su nombre, antes de que la crisis hiciera su aparición, provocaba sonrojo e incomodo en el receptor. Sin embargo, como dice el dicho romano, excusatio non petita, accusatio manifesta. Para poder fracasar, el capitalismo tiene primero que tomar carta de naturaleza y es precisamente eso lo que negaban con empeño nuestros sofistas de salón.
Sin embargo, en los parámetros ideológicos neoliberales, el socialismo y el comunismo representan el ser en su máxima expresión, una especie de reencarnación de la idea Hegeliana que (existente desde el origen de los tiempos) se va materializando en el devenir histórico uniendo y cohesionando experiencias con un contexto histórico y un alcance geográfico muy dispar. Frente a la concreción capitalista, que aparentemente disocia los estados fallidos, las guerras coloniales, la violencia ciega de los drones y los paramilitares, los paraísos fiscales, … de Wall Street, el Ibex-35, los talleres clandestinos, los muros migratorios, la reforma laboral y muchos aspectos mas, en el imaginario neoliberal el socialismo representa una especie de unidad de destino en lo universal. El capitalismo sencillamente no existe, el comunismo, ha sido, es y será.
Afortunadamente, los devastadores efectos de la crisis capitalista han provocado también un desplazamiento discursivo y lo que antes era una obscenidad protomarxista, ahora reviste carácter de evidencia. El elefante en el salón despertó por fin la atención de los allí presentes. Sin embargo, el empeño inquebrantable de sus cuidadores continuó, y lo que antes sencillamente no existía ahora no existe en suficiente medida. Los cantos de sirenas neoliberales siguen llamando a la desregulación, la profesionalización de la gestión económica y a una mayor liberalización. Sin embargo, como bien destaca Zizek, lo que éstos se empeñan en presentar como ausencias o faltas de capitalismo, no son sino condiciones sine qua non para su existencia y desarrollo.
El capitalismo no son sólo fábricas y oficinas en el primer mundo donde existen sindicatos y cierto marco regulatorio que asegura algún que otro derecho laboral, son también masacres étnicas por gobiernos corruptos que facilitan la extracción de materias primas que son vitales, por ejemplo, para las compañías de Sillicon Valley a las que tanto gusta presumir de medidas de conciliación laboral. El capitalismo significó, por ejemplo, la sangrienta colonización de gran parte del tercer mundo para intentar aliviar el problema de demanda efectiva que le es consustancial, generando un mercado ajeno a los centros de producción (donde los beneficios empresariales suelen ir de la mano de bajadas salariales), al que poder exportar sus mercancías [6]. El capitalismo es sinónimo de guerras de rapiña, como las que ahora desangran a los pueblos de Irak y Afganistán y siguen amenazando a muchos más, para asegurar el abastecimiento energético que permita sostener el 3% de crecimiento anual que requiere el capital. El capitalismo son también las 400.000 familias españolas desahuciadas de sus hogares desde que comenzó la crisis por la supremacía del valor de cambio que es inherente al capital [7], el cual sólo ve en sus casas un activo financiero y no un lugar donde desarrollar lazos afectivos y humanos. La crisis actual no es ninguna anomalía del buen discurrir capitalista, causada por la avaricia de unos cuantos o una importante falta de regulación [8], sino que es la manifestación de contradicciones profundamente inherentes al modo capitalista de producción, al que sirve, como bien señala David Harvey [9], de “racionalizador irracional de un sistema irracional”.

Notas:
[1] S. Beckett, Worstward Ho. John Calder, 1983.
[2] Sobre todo ahora, que la crisis capitalista esta mostrando claramente las contradicciones que le son inherentes.
[3] En España, el ejemplo más característico es la visión sacramentada sobre lo que significó la Transición. Con la reciente muerte de Carillo pudimos ver que el aspecto más destacado por los representantes del orden fue su capacidad de articular consensos y de renuncia por “el bien de todos los españoles”.
[4] M. Haynes and J. Wolfreys, History and Revolution: Refuting
Revisionism. Verso, 2007.
[5] S. Zizek, A. Badiou, G. Agamben, J.-L. Nancy, D. Bensäid, W. Brown,
J. Rancière, and K. Ross, Démocratie, dans quel état? La fabrique éditions, 2009.
[6] Tal y como bien explicaba Rosa Luxemburgo.
[7] D. Harvey, Unraveling Capital’s Contradictions.
[8] Como gusta repetir a muchos liberales y a cierto sectores “socialdemócratas”.
[9] David Harvey, The crisis today, Marxism 2009; David Harvey, Los siete momentos del cambio social

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