¿Europa contra el pueblo?


 Por The Economist *


Europa pidió la cabeza de dos líderes en casi el mismo número de días. Primero fue el primer ministro griego Yorgos Papandreu quien prometió dimitir, y luego Silvio Berlusconi hizo lo mismo en Italia. Ambos líderes llevaban ya un tiempo teniendo problemas, pero la causa inmediata de su caída es sencilla: el ultimátum que recibieron de los líderes de la eurozona en la cumbre del G20 en Cannes para que reformaran sus economías o se atuvieran a las consecuencias.
En Cannes se rompieron dos tabúes. Fue la primera vez que los líderes de la eurozona aceptaron que un miembro podría quebrar y salir del euro. (Y una vez que lo impensable es posible, ¿por qué detenerse en Grecia?) También fue la primera vez que los líderes realizaron una injerencia tan intencionada en la política interna de otros países.
Es cierto que la Unión Europea ha influido desde hace tiempo en la política nacional. Recordemos cómo las disensiones entre los conservadores en Europa contribuyeron a la dimisión de Margaret Thatcher en Gran Bretaña en 1990, cómo los nuevos miembros se han transformado para adherirse a la UE o cómo Italia reformó sus finanzas públicas para poder unirse al euro en 1999. Durante el año pasado, la crisis derrocó a los primeros ministros de Irlanda y Portugal después de que necesitaran ser rescatados.

Se puede abandonar o desheredar a miembros de la familia

Sin embargo, algo ha cambiado. Los europeos se ven a sí mismos como una familia: tienen discusiones, pero nadie cuestiona el derecho de un miembro a pertenecer al clan. Pero en Cannes, los líderes de la eurozona dejaron claro que se podía abandonar e incluso desheredar a los miembros de la familia. Algunos lo consideran una agresión a las democracias nacionales por parte de la élite europea, ya sea no elegida o autoproclamada (como es el caso del dúo germano-alemán “Merkozy”, integrado por Angela Merkel y Nicolas Sarkozy). Se ha escrito mucho sobre el sometimiento de Grecia, cuna de la democracia, bajo una segunda ocupación alemana.
Y gran parte de todo esto es ridículo. Italia y Grecia eligieron libremente unirse al euro y todo club posee normas de comportamiento. En una unión monetaria, la irresponsabilidad de un miembro pone en peligro el bienestar de los demás. Si Italia y Grecia no se hubieran endeudado en exceso ni hubieran sido tan poco flexibles, no tendrían tantos problemas hoy.
Los países que prestan su ayuda financiera tienen derecho a imponer las condiciones para asegurarse de que les devolverán sus préstamos. La alternativa al dictado de la eurozona es abandonarse al mercado. Y si se necesita una respuesta, inevitablemente la dirigirán Alemania y Francia.

La legitimidad de la empresa puede verse perjudicada

Aún así, las críticas tienen parte de razón. Para muchos países, como es el caso de España, la UE ha constituido un ancla de democracia. Pero cuando la crisis persiste, la austeridad se prolonga y la eurozona se integra para salvarse a sí misma, la legitimidad de la empresa se verá perjudicada. El dolor sería más aceptable si los acreedores actuaran como si creyeran que se enfrentan a una amenaza existencial. Pero en lugar de emplear todos sus recursos en la crisis, pretenden limitar su responsabilidad. Esto genera la sensación de que se aplica un doble rasero: un tipo de democracia para los acreedores y otra para los deudores. Todo el mundo debe comprender las limitaciones de Merkel. Pero Papandreu comete un "abuso de confianza" si convoca un referéndum.
Además, los deudores tienen que soportar el coste de los errores de los acreedores. En Grecia, el FMI quería, y con razón, que el programa de ajustes se centrara más en reformas estructurales que fomentaran el crecimiento; los europeos dieron prioridad a la reducción del déficit. Una recesión peor de lo previsto significa que Grecia debe imponerse objetivos fiscales cada vez más lejanos con aún más austeridad. Su primer rescate le aportó préstamos a tres años y a tipos de interés punitivos, sin reducción de la deuda.
El último rescate ofrece a Grecia unos tipos baratos hasta 30 años, con una quita del 50% sobre los titulares de bonos privados. Al menos una de estas opciones era errónea y puede que ninguna sea suficiente para salvar a Grecia. Alemania aceptó tarde la necesidad de que se ampliara y se flexibilizara más el fondo de rescate. Si se hubiera realizado antes, la crisis podría haberse contenido con más facilidad y a un menor coste.

Prioridad: extinguir el incendio

Ahora mismo, la prioridad debe ser extinguir el incendio. Italia está en llamas y el resto de la eurozona podría acabar reducida a cenizas. Las decisiones no pueden supeditarse a las vicisitudes de 17 parlamentos nacionales. Y que Alemania frene al Banco Central Europeo es como insistir en que se empleen cubos de agua en lugar de camiones de bomberos. No obstante, a largo plazo, la eurozona necesitará un nuevo código de actuación ante incendios. Posiblemente los tratados de la UE tendrán que revisarse de nuevo. Los miembros del euro tendrán que acatar normas fiscales más estrictas y aceptar la molesta inspección por parte de entidades externas. La pérdida de soberanía sería más aceptable para los deudores si los acreedores aceptaran finalmente la necesidad de emitir eurobonos conjuntos.
Para que el sistema funcione, se necesitan instituciones independientes. La mayoría preferiría a la Comisión Europea no elegida en lugar de un organismo intergubernamental dominado por el dúo Merkozy. Además, la Comisión actuaría como un vínculo vital entre los 17 países del euro y los diez que no pertenecen a la eurozona, evitando así la Europa de dos velocidades por la que aboga abiertamente Francia. Más Europa no debería ser sinónimo de más Sarkozy y menos mercado único.
La salvación del euro implica más dolor para algunos, más generosidad de otros y un cambio fundamental para todos. ¿Merece la pena? Tarde o temprano, habrá que preguntar a los ciudadanos. Sin su apoyo, no prosperará ninguna reforma. Y una elección de verdad debe incluir la opción de salir del euro. Ahora que ya se ha acabado con este tabú, la eurozona debe empezar a pensar sobre la mejor forma de organizar la salida de los que no pueden vivir según las normas germanas o de los que no lo harán nunca.


 Los esfuerzos por salvar el euro no pueden contravenir indefinidamente la voluntad de los votantes, señala The Economist.*

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