FMI reabre el debate sobre el control a los flujos de capital

  


Por Marco Antonio Moreno
El Blog Salmon


Las últimas declaraciones de Christine Lagardé en Tokio sellaron el giro en 180 grados que ha tomado el FMI en las últimas semanas. Al reconocimiento de Olivier Blanchard de que el FMi subestimó los multiplicadores de la política fiscal, y que los planes de austeridad han sido realmente nefastos para la economía, se suma ahora la petición de Christine Lagardé de imponer controles a los flujos de capital dado que la enorme volatilidad de estos capitales especulativos que se mueven sin control por el planeta es una amenaza que socava la estabilidad de las economías. En su ingreso, estos flujos provocan las burbujas que luego se convierten en fugas de capitales después que la crisis se ha desencadenado
Es curioso que algo que quedó perfectamente claro en la crisis asiática de 1997 sólo ahora comience a ser reconocido como un problema grave. Desde fines de los 70 y como parte del abandono de las polìticas keynesianas ocurridos en esa década, el FMI promovió las políticas del libre mercado aboliendo los controles de capital que venían en curso desde Bretton Woods, a fines de la segunda guerra mundial. Hacia 1980 todas las economías avanzadas y emergentes abrazaron estas nuevas políticas en lo que se conoció como el Consenso de Washington, doctrina que se mantuvo en pie durante tres décadas hasta abril de 2009.

El consenso defendido por el FMI era que todos los controles de capital debían evitarse dado que quitaban dinamismo a la economía y ralentizaban el crecimiento. Es decir que a mayor movilidad de capitales, como profesa el Modelo Mundell-Fleming, hay mayor robustez y salud económica. Y pese a que la crisis asiática de 1997 echó por tierra estas ideas y a que nunca se demostró una correlación positiva entre libre movilidad de capitales y el crecimiento económico, el FMI se mantuvo inflexible en la linea de la libre movilidad de capitales.

La crisis asiàtica es también conocida como la primera gran crisis de la globalización, y solo en las primeras dos semanas un millón de tailandeses y 20 millones de indonesios pasaron a engrosar las filas de los oficialmente pobres. La fuga de capitales en estos países provocó la quiebra del sistema financiero y los ratios de deuda se elevaron al 180 por ciento del PIB en los cuatro países más grandes del sudeste asiático. Pese a que el FMI era conciente del rol que desempeñó la fuga de capitales en esta crisis, se negó a evaluar mecanismos de control que amortiguaran crisis futuras.
Sólo ahora el FMI detecta los problemas provocados por la pandemia financiera de ingreso masivo de capitales en los momentos de auge y de fuga repentina en los de caída. España es el país que lidera la fuga de capitales dado que en los 12 meses previos a julio de este año el retiro llega a un tercio del PIB español. Esto hace que la crisis actual no tenga precedentes históricos. A modo de ejemplo, la fuga de capitales en los momentos más graves de la crisis asiática llegó al 10 por ciento del PIB.
El debate vuelve al tapete en pleno estancamiento económico europeo a raíz de las nuevas inyecciones de liquidez que planean la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo. Como este dinero se inyecta a la banca y no fluye hacia la economía real, su destino sigue siendo la especulación a través de la volatilidad cambiaria de las divisas que alienta nuevas burbujas de precios y acumulación de desequilibrios financieros. El riesgo para países como Brasil, que han visto apreciar fuertemente su moneda en un corto tiempo, resulta evidente.

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