las espinas de los ‘brotes verdes’ en Europa y Estados Unidos

  

Por Ignacio J. Domingo


La crisis del euro “casi se puede dar por terminada”. El primer ministro italiano, Mario Monti, fue el artífice de la frase que han esperado escuchar, en boca de un responsable político europeo, los inversores internacionales desde que las réplicas del tsunami financiero norteamericano de 2008 alcanzaron el Viejo Continente. En paralelo, otra autoridad, en este caso Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, en un discurso cargado de ambages ha presagiado un despegue del mayor PIB del planeta en pleno año electoral, con el único punto negro de las posibles embestidas de un mercado laboral todavía demasiado oscilante.
¿Resultan creíbles estos renovados bríos o el mercado dispone de augurios más lúgubres? La OCDE, en su indicador adelantado de actividad, corrobora esta luz que Monti y Bernanke ven al final del túnel, al predecir un alza nada desdeñable de la economía americana del 3%, en términos interanuales, al inicio del verano, y augurar que Alemania, la locomotora europea, sorteará la recesión. En esta línea, los servicios de análisis privados también atisban brotes verdes, aunque alertan de que crecen sobre alambres de espinos. En particular, tres: presiones inflacionistas de una energía, especialmente el petróleo, que se encarece descontroladamente; la perpetuación de los problemas de solvencia bancaria y, por ende, de freno al crédito; y, por último, nuevas señales de riesgo en España a cuenta de la lentitud de los procesos de saneamiento financiero y del ajuste presupuestario, que han hecho reaparecer el fantasma del rescate sobre la cuarta economía del euro.
Peter Hooper, de Deutsche Bank, admite que las perspectivas económicas de Europa y EEUU han mejorado respecto a finales de 2011 y que el cúmulo de amenazas se ha amortiguado, gracias sobre todo “a las magnas y extraordinarias operaciones de liquidez del BCE” (más de 2 billones de euros para bancos del área monetaria) y a la “sufrida restructuración de la deuda griega”.


La encrucijada hispana

A esta visión se suma Paul Mortimer-Lee, de BNP Paribas. En su opinión, en Europa, que estará sumida todo este ejercicio en una recesión técnica, la crisis “remite” pero sin que se hayan superados sus “problemas crónicos” como “el lento ajuste hacia la consolidación fiscal y la reagrupación financiera de España”, el factor de mayor peligro potencial, por encima incluso de la “relajación de la agenda de reformas estructurales” en Italia. Ello justifica que las primas de riesgo “se mantengan holgadamente sobre la cota de los 300 puntos básicos frente al bono alemán”.
La concepción de que España es el auténtico enfermo de Europa está calando de nuevo en las grandes cancillerías de la Unión; incluso entre voces patronales hispanas, con la sensación de que los cambios en el sector financiero y el aterrizaje inmobiliario “navegan sin rumbo” y sin tierra a la vista.
Willem Buiter, analista de Citi, transmite un diagnóstico contundente sobre España, a la que augura una declaración de “suspensión de pagos de la deuda, pero sin llegar a tener que restructurar sus obligaciones de pago”. Al menos de momento, porque este riesgo final “está también en su nivel más alto desde que se inició la crisis”. Es decir, para Buiter el Gobierno español, que “ha perdido un tiempo precioso para inculcar austeridad a sus regiones durante los meses que ha tardado en presentar los presupuestos de este año por motivos electorales”, se verá presionado por la troika (Comisión Europea, BCE y FMI) para acudir al recién renovado fondo de rescate. Debido, precisa, al excesivo apalancamiento de las cuentas públicas -que dirigen el ratio de deuda hasta cotas reales próximas al 90% del PIB, al término de 2011, por las coberturas al fondo de la Seguridad Social y las insolvencias del sector público empresarial), así como de familias, bancos y empresas no financieras, por la debilidad de un sector inmobiliario cuyo ajuste “está todavía a mitad de camino de su final”. Un escenario muy alejado del optimismo de su colega Yiagos Alexopoulos, de Credit Suisse, para quien el presupuesto de España “es lo suficientemente austero” y su amplia agenda reformista “de tanto calado” que la economía hispana “emergerá más saludable y fuerte del duro periodo de ajuste” que ha puesto en marcha.
 
El año de Draghi

Mortimer-Lee cree que para sacar definitivamente a Europa de la crisis de la deuda 2012 debe ser “el año de Mario Draghi”. El presidente del BCE está llamado a protagonizar, según dice, “el gran acuerdo monetario para garantizar la profusión del crédito” después de “haber comprado tiempo y roto el círculo vicioso de la falta de liquidez” con su doble manto financiero al sector bancario de los últimos meses, que no ha logrado sin embargo perpetuar la solvencia ni acelerar la corrección de los altos niveles de endeudamiento de los socios monetarios. Este analista de BNP Paribas presagia una ralentización del dinamismo con el que ha iniciado el segundo trimestre EEUU y que está impulsado por la mejoría del mercado laboral y del consumo. En esencia, por el  ajuste presupuestario durante el actual año fiscal que acaba de comenzar.
En la misma línea apunta Michael Feroli, de JP Morgan, quien apunta otra anomalía: la súbita inmersión de la productividad en una fase contracíclica, que resulta “preocupante para preservar la generación de empleo”. O Mohamed El Erian, consejero delegado de Pimco, quien detecta en la escalada del crudo (sobre todo si las tensiones geopolíticas hacia Irán se intensifican) “un riesgo de alteración del comportamiento de los consumidores americanos, un debilitamiento de su incipiente confianza, un agravamiento del déficit de la balanza de pagos del país y una reducción repentina de la flexibilidad de la Casa Blanca y el Congreso para impulsar reformas”. 
El consenso del mercado, que concreta un crecimiento del PIB americano para 2012 en torno a la parte baja de su horquilla de potencial (2,2%) y de contracción modesta para la eurozona (de entre dos y cuatro décimas), da por sentado la reaparición de tensiones inflacionistas en las potencias industrializadas a medio plazo. Menores en cualquier caso que en los mercados emergentes, que conservan el decoupling frente a sus rivales económicos. “En una fase en la que los bancos centrales están más atentos a espolear las economías que a sujetar los precios”, aclara Michal Dybula, experto monetario de BNP Paribas, con el consiguiente daño sobre la demanda del consumo y la producción industrial; en especial, sobre los PIB de EEUU y Europa.

El petróleo vuelve a escena

El precio del crudo ha golpeado en dos ocasiones la recuperación global. Es un baremo que se establece cuando el barril supera los 120 dólares, como en las últimas semanas. En 2008, en los meses que antecedieron a la quiebra de Lehman Brothers, cotizó a 147 dólares. Y al inicio de la primavera árabe, y sus efectos sobre el cierre del Canal de Suez, se encareció un 35%. La diferencia es que ahora ha superado esta cota y los combustibles han marcado niveles de precios históricos en países que, como España, están asolados por la recesión. Más tensión con Irán convertiría en amenaza geoestratégica al Estrecho de Ormuz y elevaría otro 50% el precio del crudo, advierte Dybula.
Sin contar con el detonante bélico, Kate Tang, de Barclays Capital, tilda de “equilibrio inestable” la relación entre oferta y la demanda de crudo. Con los mercados emergentes todavía reclamando flujos de energía intensos para abastecer a sus economías (China, del 7,4%), que dejará la demanda global en un repunte del 1,2%, una cota modesta corregida por las caídas de importaciones de petróleo de EEUU (1,3%) y de Europa (del 2,1%). Su previsión habla de un precio medio del barril de 115 dólares, aunque maneja un escenario catastrófico que catapulta la cotización hasta 150 dólares. La única tabla de salvación, afirma Tang, es que Arabia Saudí “esté lista para aumentar sus cuotas de producción”. ManojPradhan, de Morgan Stanley, se apunta a la versión neutral. No cree que la Fed y el BCE tengan que mover tipos este año, pese a la escalada del crudo y a que Europa y EEUU puedan “eludir los número rojos en sus PIB”.

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