Años de trágico despilfarro

  




Por Paul Krugman*
EL PAIS



Dentro de pocos días se cumple el quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers, el momento en que una recesión, ya mala de por sí, se convirtió en algo mucho más temible. De repente, estábamos contemplando la posibilidad real de una catástrofe económica.
Y la catástrofe llegó.
Un momento, dirán, ¿qué catástrofe? ¿No nos advirtió la gente de que se acercaba una segunda Gran Depresión? Y eso no ha pasado, ¿a qué no? Sí, nos lo advirtieron, y no, no pasó, aunque los griegos, los españoles y otros podrían no estar de acuerdo con este segundo punto. Sin embargo, lo importante es darse cuenta de que hay grados de desastre, de que puede darse un inmenso fracaso de la política económica aunque no llegue a provocar un desplome total. Y el fracaso de la política en estos últimos cinco años ha sido, en efecto, inmenso.
Parte de esa inmensidad puede medirse en dólares y céntimos. Los cálculos razonables sobre el desfase de producción a lo largo de los últimos cinco años —la diferencia entre el valor de los bienes y servicios que EE UU podría y debería haber producido y lo que de hecho ha producido— sobrepasan con creces los dos billones de dólares. Eso son billones de dólares de puro despilfarro que nunca recuperaremos.
Detrás de ese despilfarro financiero se oculta un despilfarro aún más trágico del potencial humano. Antes de la crisis financiera, el 63% de los estadounidenses adultos tenían empleo; ese número cayó rápidamente a menos del 59%, y ahí se ha quedado.
¿Cómo pasó eso? No fue un brote masivo de haraganería, aunque el ala derecha afirme que los estadounidenses en paro no están esforzándose lo suficiente en encontrar trabajo porque están viviendo a lo grande gracias a los cupones de alimentos y a los subsidios de desempleo y que hay que tratarles con el desprecio que merecen. Una pequeña parte de la disminución del empleo puede atribuirse al envejecimiento de la población, pero el resto refleja, como he dicho, un fracaso descomunal de la política económica.
 Dejemos a un lado la política por un momento y preguntémonos cómo habría sido la situación en los últimos cinco años si el Gobierno de EE UU hubiera podido y querido realmente hacer lo que los manuales de macroeconomía dicen que debería haber hecho, es decir, dar un impulso lo suficientemente fuerte a la creación de empleo para compensar los efectos de la recesión económica y del estallido de la burbuja inmobiliaria, y posponer la austeridad fiscal y las subidas de impuestos hasta que el sector privado hubiese estado listo para tomar el relevo. He calculado a ojo de buen cubero lo que un programa así habría conllevado: habría sido unas tres veces más grande que el estímulo que tuvimos de hecho, y habría estado mucho más centrado en el gasto que en las reducciones de impuestos.

¿Y habría funcionado una política así? Todos los indicios de los últimos cinco años dicen que sí. El estímulo de Obama, por insuficiente que fuera, detuvo la caída en picado de la economía en 2009. El experimento europeo en contraestímulos —las duras reducciones del gasto impuestas a las naciones deudoras— no produjo el prometido repunte de la confianza del sector privado. En lugar de eso, provocó una grave contracción económica, como decía la economía de manual. El gasto público en creación de empleo habría creado ciertamente puestos de trabajo.
¿Pero no habría significado la clase de programa de gasto que estoy sugiriendo un aumento de la deuda? Sí. Según mi cálculo aproximado, a estas alturas la deuda federal que soportarían los ciudadanos sería de aproximadamente un billón de dólares más de la que es en realidad. Pero las advertencias alarmistas sobre los peligros de una deuda ligeramente más alta han demostrado ser falsas. Por otro lado, la economía también habría sido más fuerte, de modo que la relación deuda/PIB —la medida habitual de la posición fiscal de un país— habría sido solo unos puntos más alta. ¿Hay alguien que crea seriamente que esa diferencia habría provocado una crisis fiscal?
Y, en el otro lado de la balanza, tendríamos un país más rico, con un futuro más prometedor, y no un país en el que millones de estadounidenses desanimados con toda probabilidad hayan dejado permanentemente de formar parte de la población activa, en el que millones de jóvenes estadounidenses probablemente han visto cómo se estropeaban para siempre sus perspectivas de una carrera de por vida y donde los recortes en la inversión pública han infligido un daño a largo plazo a nuestra infraestructura y a nuestro sistema de enseñanza.
Miren, sé que como cuestión política, un programa de creación de empleo eficaz nunca ha sido una verdadera posibilidad. Y no fueron solo los políticos los que se quedaron cortos: muchos economistas, en lugar de señalar el camino hacia una solución de la crisis del empleo, se convirtieron en parte del problema al alimentar los miedos exagerados a la inflación y a la deuda.
Así y todo, creo que es importante darnos cuenta de hasta qué punto ha fracasado y sigue fracasando la política. En estos momentos, Washington parece dividido entre los republicanos que denuncian cualquier clase de acción gubernamental —que insisten en que todas las políticas y programas que suavizaron la crisis en realidad la empeoraron— y los leales a Obama, que insisten en que han hecho un trabajo estupendo porque el mundo no se hundió del todo.
Evidentemente, la gente de Obama está menos equivocada que los republicanos. Pero si nos guiamos por cualquier criterio objetivo, la política económica estadounidense desde lo de Lehman ha sido un fracaso increíble y horroroso.



 Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, es profesor de la Universidad de Princeton.*

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